miércoles, 11 de marzo de 2026

YA FALTA POCO (DE VERDAD DE LA BUENA)

  

Los que ya tenéis una edad —no sé cuál, pero una al menos sí que tenéis, ¿no? ¿O es que sois seres incorpóreos que no sufrís los envites del paso del tiempo? En tal caso, ¿qué sois? ¿ángeles? No jodas. ¿En serio me leen ángeles? Bueno, algo de ángeles sí que debéis tener los que aún seguís dejandoos caer por aquí para leer mis cosas. Tras tantos años publicando tontunas, se agradece vuestra fidelidad—.

En fin, a lo que iba. Los que ya tenéis una edad recordaréis el famoso eslogan que venía impreso en las bolsas de El Corte Inglés. Aquel eslogan decía: “Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”. En mi caso, ese mismo eslogan trasladado a mi labor artística, rezaría así: “Si no queda satisfecho con su manuscrito, reescriba y corrija hasta dejarlo fetén y a su completo gusto”. Y eso es lo que he estado haciendo en estas últimas semanas.

Lo primero que he decir es que, de toda mi producción literaria, esta es la historia que más rápido he escrito (al menos el primer borrador, sobre el que aún sigo trabajando). Pero tiene su truco. Resulta que la historia original la escribí hace como doce o trece años. Su génesis tiene su miga, así que, cuando al fin publique el libro, escribiré una entrada contando cómo y en qué circunstancias surgió esta divertida historia.

Lo segundo que he de decir con respecto a mi nuevo libro es que ha sido la vez en que más he disfrutado escribiendo. Eso no quiere decir que no haya disfrutado escribiendo mis otros libros. Al contrario. Cada uno de ellos, del primero al último, me ha brindado momentos de auténtico gozo mientras los escribía y corregía.

Lo que ha hecho a esta nueva aventura literaria más disfrutable que las anteriores han sido, sin duda, las circunstancias que han rodeado su gestación. No supone ningún secreto, porque lo he contado puntualmente en el blog, que estos últimos meses han sido un poco difíciles para mí debido a ciertas enfermedades y dolencias. De entrada, a principios de año sufrí un fuerte ataque de gota, que me mantuvo prácticamente inmovilizado y aquejado de un dolor intenso durante un mes y medio.

A esto le sobrevino una infección ocular en forma de orzuelo que me salió en el interior del párpado inferior de mi ojo izquierdo. Todas las mañanas me levantaba con el ojo hinchado, como si acabase de bajarme del ring tras una desigual pelea con Mike Tyson. Visité la consulta de mi doctora, y me recetó un antibiótico en forma de pomada que me tenía que aplicar dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche justo al acostarme. El problema es que la pomada, una vez aplicada en la zona, se extendía por todo el glóbulo ocular, lo que me dejaba medio ciego de un ojo durante un rato. El resto del día sentía una leve molestia, como cuando se te mete una pestaña en el ojo o arenilla. Desagradable, e incómodo.

Hay una expresión en España que se aplica cuando alguien sufre de una mala racha continuada. Esa expresión reza “parece que te haya mirado un tuerto”. En mi caso no podía utilizarla, ya que el tuerto era yo. Lo cual me lleva a preguntarme, ¿puede un tuerto provocarse mala suerte a sí mismo al mirarse en un espejo? Si alguien lo sabe, por favor, que me lo deje escrito en los comentarios.

Volviendo a mi novela. Teniendo en cuenta todo lo que me estaba sucediendo y que afectaba negativamente en mi día a día, el hecho de abrir el procesador de textos e imbuirme de lleno en la construcción de mi nueva historia hacía que automáticamente me olvidase de todo lo chungo que me rodeaba, y procurase distraer mente y espíritu dando forma a cada línea que escribía, modificaba o corregía.

Gracias al dios Groucho, tanta desgracia no afectaba a mi sentido del humor. Al contrario. Eran tal las ganas por escapar del sufrimiento, que veía —al menos por un ojo— en mi tarea de escritura una especie de oasis de paz y desconexión. Por eso puedo decir, sin mostrar la más mínima duda al respecto, que escribir este libro ha sido todo un ejercicio de...

Por favor, os ruego un momento para ir en busca de mi diccionario de sinónimos y antónimos. Enseguida vuelvo. No tardo nada.


¡Por Dios, cómo tengo la casa! Ni muebles nuevos ni gaitas. Aquí hay que meterle mano a todo este caos pero ya. Y eso que hace unos meses me quité de encima más de una treintena de libros y decenas de folios y libretas con apuntes. Esto no puede seguir así. De este verano no pasa. En cuanto tenga un hueco libre, me pongo a ello.


Ya estoy de vuelta. Al final encontré el dichoso diccionario de sinónimos y antónimos.

Como os decía, escribir este libro está siendo todo un ejercicio de diversión, alegría, desahogo, distracción, entretenimiento, esparcimiento, placer, gusto y deleite. Normal que lo esté disfrutando a tope.

Si nada se tuerce —crucemos los dedos—, espero que de aquí a un par de semanas pueda hacer una presentación como Groucho manda.

Amén.



miércoles, 4 de marzo de 2026

CONVERSANDO CON MI YO DEL PASADO

Ilustración de Vilkasss bajada de Pixabay

 

 

Echo la vista atrás. Es el año 1983. Me veo con trece años, en el patio de mi colegio, reflexionando en voz alta con algunos compañeros y compañeras de clase durante la hora del recreo.

¿Os dáis cuenta? —digo al grupo—. En el año 2000 todos nosotros tendremos 30 años. Seremos tan viejos como son nuestros padres ahora.

Ese pensamiento nos fascinaba. ¡Quedaba tan lejos en el tiempo ese momento incrustado en el futuro! Un futuro que sólo existía en nuestra imaginación.

Para nosotros, unos adolescentes que apenas tres días antes aún jugábamos con muñecos articulados Madelman o muñecas Nancy en el salón de nuestras casas, imaginar el futuro a diecisiete años vista era como ponerse en la mente de George Orwell en 1949, cuando proyectó en su cabeza esa asfixiante distopía que acabaría siendo 1984, imaginando un futuro que aún no existía.

No sé cómo veíamos entonces nosotros ese hipotético futuro. Supongo que, como todo niño o adolescente de la época, imaginábamos un mundo futuro repleto de adelantos tecnológicos sin parangón: coches voladores, robots mayordomos, colonias en Marte, políticos honrados, etc. Está claro que no dimos ni una. Desde luego, como adivinos somos tan pésimos como Rappel, aquel tío calvo peludo de las túnicas estrafalarias y las gafotas rarunas que no acertaba ni una y que, aún así, se ganaba muy bien la vida viviendo del cuento. Ya me gustaría a mí vivir igual de bien de mis “cuentos”. Pero eso es otra historia. Eso sí, aunque a estas alturas de mi vida estoy casi tan calvo como él, ni pienso cambiar mis anodinas gafas por unas de colores y formas extravagantes como las suyas ni mucho menos pienso vestir con una de esas ridículas túnicas que se gastaba el menda.

Volviendo a nuestro pensamiento episódico futuro —así se llama al hecho de soñar o imaginar cómo sería un hipotético futuro que aún no existe—, para nuestras infantiles mentes, que aún nadaban en la abundancia del tiempo, donde los veranos eran tan largos que hasta nos daba tiempo de sobra para aburrirnos, pensar en un intervalo de quince o veinte años vista era como imaginar toda una vida. Quince años son quince veranos, quince cumpleaños, quince Semanas Santas, quince Navidades, quince inicios de curso escolar y quince fiestas de fin de curso. Quince años era todo un mundo.

Hoy tengo cincuenta y cinco. Ya hace tiempo que rebasé el ecuador de mi existencia, algo que da bastante yuyu si lo pienso. Pero no porque ya tenga más edad que la que tuvo mi padre cuando murió, sino porque todo ha ido tan rápido, el tiempo se me ha escapado de entre los dedos a tal velocidad que asusta.

Si cuarenta años se me han ido volando, ¿cómo de rápido se me fueron esos quince años de los que hablábamos en el patio del colegio en aquellos inocentes días de nuestra adolescencia? Como un suspiro.

Me gustaría tener la posibilidad de poder viajar en el tiempo, de encontrarme cara a cara con aquel adolescente que fui, aquel pibe que con trece años ansiaba ser mayor de edad para poder tomar sus propias decisiones, y decirle de tú a tú:

Escucha pibe, soy tu yo del futuro. Tal y como me ves, serás tú en el año 2025.

¡Ostras!, ¿en serio?

Sí.

¿Y voy a tener tu aspecto?

Exactamente el mismo.

Y dime una cosa, ¿me puedes decir qué demonios he hecho con mi vida?

¿A qué viene eso?

No sé, colega. Pero me da la impresión que, por mi aspecto, no he llevado una vida muy sana que digamos.

Déjate de gilipolleces y escucha. Tengo unas cuantas cosas importantes que decirte.

¿Y qué ha pasado con mi pelo? Creía que cuando fuese mayor tendría una larga melena de rockero que me llegaría hasta los hombros.

Tranquilo. La tendrás. Pero a partir de los treinta todo se irá al carajo.

Dime que al menos me seguirá gustando la música rock.

Oh, sí. Y serás de los pocos. El rock hace tiempo que dejó de tener relevancia cultural y social. Ahora es cosa de románticos y rebeldes con causa. La música que triunfa hoy en día es tan mierdera que celebrarás todos los días de tu vida haber nacido en la época en la que naciste.

Pues qué chungo, ¿no? Y digo yo...

¡¡Pero me quieres dejar hablar, majadero!! Tanta preguntita y tanta preguntita...

Perdona. Habla.

Sé que te va a costar asimilar esto que te voy a decir, pero quiero que lo sepas, y que te lo grabes bien en la sesera: no sabes un carajo.

¿A qué viene eso ahora?

Viene a que aquello que crees saber ahora no es nada comparado con lo que sabrás cuando tengas mi edad. Cuando llegues a mi edad sabrás que la vida se va en un abrir y cerrar de ojos.

¡Pero si hay días en que las clases se me hacen eternas!

Pobre idiota. Disfrútalo, chaval. Empápate de cada momento, de cada situación, de cada interacción con tus compañeros y compañeras. Estás viviendo los mejores años de tu vida.

¿En serio?, ¿tan miserable va a ser mi vida?

No me entiendas mal. Vivirás momentos maravillosos, y conocerás a gente que te dejará huella. Pero tú ya no serás el mismo, ni vivirás las cosas con la misma intensidad con la que lo vives todo ahora.

Vale.

También quiero que sepas que el tesoro más importante que tienes y que jamás tendrás es la salud. Cuídala, hombre, porque cuando quieras darte cuenta del maltrato que le has causado a tu cuerpo, igual será demasiado tarde.

Me vale con echarte un vistazo para darme cuenta de lo mal que lo he hecho.

No te pases, ¿o quieres que te rompa los dientes?

Lo siento.

También quiero que sepas que los que hoy son tus amigos y que crees que van a estar ahí contigo para siempre, la mayoría de ellos, por no decir la práctica totalidad, de aquí a unos años se convertirán en auténticos desconocidos para ti. Y tú para ellos. Y eso ocurrirá en menos tiempo del que crees. Incluso antes de ese hipotético año 2000 con el que fantaseáis tú y tus amigos ahora mismo.

Imposible. Casi todos vivimos en el mismo barrio, y siempre podremos quedar para vernos y salir por ahí.

No lo haréis. Unos se irán a estudiar fuera, otros se mudarán y abandonarán el barrio y perderéis el contacto, otros se emparejarán y harán nuevas amistades, otros se casarán, y tendrán hijos, y formarán sus propias familias, lejos. A unos pocos te los encontrarás en algún momento de tu vida, os pondréis al día, os comprometeréis a quedar otro día y tomar un café, y nunca más sabrás de ellos.

¡No te creo!

Pues debes hacerlo. La vida no espera por nadie, chaval.

Jo, tío, qué frase más profunda. ¿Es mía?

No sé. No me acuerdo. Igual la has leído en alguna parte. Porque, por muy extraño que te parezca conocer esto ahora mismo, cuando tengas mi edad vas a ser un lector voraz. No pararás de leer.

¿Quién?, ¿yo?

Sí. Tú. Y no sólo eso. Ademas de leer como un loco, también escribirás tus propias historias. Y a estas alturas de tu vida, llevarás cuatro libros publicados. Y tendrás dos más en camino.

¡Qué me estás contando! Creo que te equivocas de persona. Yo no he leído un libro entero en mi vida. Pero si a mí la literatura me aburre mogollón.

Pues créeme. Te encantará leer. Y escribir. Pero eso no ocurrirá hasta dentro de un par de años. Y cuando leas tu primer libro, lo vas a flipar. Y cuando escribas tu primer cuento, lo vas a flipar el doble. Y tu imaginación se desbordará de tal manera que ya será algo imparable.

Si tú lo dices. Tendré que creerte.

Hay más. No corras, no tengas prisa por crecer, porque cuando al fin seas mayor te darás cuenta de que ya no hay vuelta atrás, que la única manera de volver a sentirte joven e inmortal será a través de tus recuerdos.

Vale. ¿Y qué más he de saber?

Que todo irá bien.

¿De veras?

Habrá momentos jodidos. Pero también habrá momentos geniales. Conocerás a gente nueva. Alguna valdrá la pena, y otra no valdrá un pimiento. Te enamorarás, y te romperán el corazón. También perderás a gente importante en tu vida. Y lo pasarás mal. Pero de todo se sale. Y de todo lo que te ocurra aprenderás valiosas lecciones, y forjarán tu carácter. Y también te servirán para escribir tus historias. En fin, he de irme. He dejado a medias algunas tareas y tengo que acabarlas cuanto antes.

Una última pregunta, ¿seré feliz?

Por momentos, sí.

Gracias.

Cuídate, chaval. Y ya sabes, no tengas prisa por crecer. Todo llega cuando tenga que llegar, ni antes ni después. Ah, y cuidado con tus niveles de ácido úrico en sangre.

¿Eso qué es?

Ah, ¡bendita ignorancia! Adiós.

Adiós.



miércoles, 11 de febrero de 2026

BAJADA DE PRECIOS


 

Con motivo de la inminente publicación de mi quinto libro, he decidido bajar el precio a todos mis libros publicados hasta el momento. La rebaja afecta tanto a las ediciones en papel como a sus versiones digitales.

Para que te hagas una idea, las versiones digitales de mi trilogía del absurdo cuestan 1,50 €, es decir, por menos de lo que cuesta un café tienes un libro. Yo, y no porque sea el autor, ya que también soy lector, por ese precio prefiero un libro a un café.

A continuación os muestro todo mi catálogo con los precios actualizados, así como los enlaces a la web de Amazon para su compra y un enlace adicional que os llevará directamente a un adelanto gratuito de unas pocas páginas de cada uno de mis libros.

 

  

 

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Así que ya sabéis, por menos de lo que cuesta un café normal puedes hacerte con un ejemplar digital de cualquiera de mis libros.

No sé a vosotros, pero a mí me parece una promoción cojonuda. Fijaos si es buena que se la voy a recomendar a mi frutero, a ver si me hace un descuento en mi próxima compra de naranjas y aguacates.

Saludos.

 



 
  

jueves, 5 de febrero de 2026

EL DESTINO TAMBIÉN JUEGA

Foto con un muestrario de apuntes y borradores de mi autoría

 

La vida me ha enseñado que por mucho que planees algo, y que orientes todos tus esfuerzos en aras a lograr tu objetivo, nada de eso prevalecerá cuando el destino decida entrar en escena. Esto viene a cuento por lo que me ha ocurrido con el último proyecto que tengo entre manos.

A finales de marzo de 2025, tras dos años de ausencia y sin escribir nada en todo ese tiempo, regresé a mi actividad bloguera. Al mismo tiempo comencé a garabatear en una libreta mis primeras ideas para una nueva novela.

Todo marchaba a buen ritmo; tenía la historia más o menos definida en mi cabeza, disponía de bastante material acumulado de un borrador anterior y las nuevas ideas fluían con relativa facilidad. En resumen, todo me hacía suponer que cumpliría sin problemas el plazo que me había marcado al inicio del proyecto.

Sin embargo, uno nunca debe dar nada por hecho. Eso es algo que aprendes a medida que vas cumpliendo años. Cuando creía que hacia finales de septiembre tendría mi libro totalmente acabado, vino el azar y jugó sus cartas a mis espaldas.

Sobre la segunda semana de septiembre me vi obligado a acometer la compra de un par de muebles para mis libros. Los que tenía se me habían quedado pequeños y obsoletos, pues las baldas donde reposaban los libros se habían ido doblando debido al sobrepeso que se habían visto obligadas a soportar durante años, hasta el punto de que una de ellas llegó a venirse abajo, literalmente, al arrancar de cuajo los enganches situados a ambos lados del mueble.

Aquel incidente me hizo ver algo que resultaba evidente: tras tantos años acumulando libros, libretas y cuadernos y viejas agendas con toda clase de apuntes y anotaciones, aquello amenazaba con echarme a mí de mi propia casa, y acabar yo durmiendo en el rellano de la escalera. Debía hacer una criba y desembarazarme de algunas cosas. Así que me puse a ello. Conseguí llenar un par de bolsas de plástico con libros que ya no quería y los regalé.

Hecho esto, urgía hacer lo mismo con todo el material acumulado en cuadernos, libretas y cualquier trozo de papel que tuviese a mano en el momento de venirme alguna idea o concepto. Como ya he confesado en alguna que otra ocasión, desde que empecé a escribir en serio tengo por costumbre anotar cualquier chorrada que juzgue interesante en el primer trozo de papel que tenga a mano, a fin de no olvidarla y trabajarla más adelante. Esta costumbre la adquirí a raíz del consejo que una antigua profesora de lengua que tuve me brindó siendo un imberbe: “Más vale un lápiz corto que una memoria larga”.

Teniendo en cuenta que llevo escribiendo y discurriendo tonterías desde los quince años más o menos, imaginad la cantidad de hojas que habré emborronado a lo largo de mi vida. Y encima, como soy muy poco dado a tirar nada, al menos hasta que no lo veo publicado o pasado a limpio en algún archivo de texto, la cosa ha ido creciendo de manera alarmante. Así que me puse manos a la obra. Fui leyendo una a una todas aquellas anotaciones y las iba pasando a limpio en diferentes archivos de texto, según su naturaleza.

Todo iba bien, hasta que en una de estas me topé con una historia que escribí hace la friolera de catorce años y que, desde entonces, había permanecido guardada en un estante. Dicha obra, que tiene una historia bastante curiosa detrás y que algún día desvelaré, apenas llegaba a los cuarenta y cinco folios. Aún así, la historia estaba completa, es decir, que tenía un principio, un desarrollo y un final.

Al principio la leí con curiosidad, luego, con renovado interés, y, al final, me quedé totalmente enamorado de la historia y los personajes. La cosa es que, según iban pasando los días, una nueva idea o giro argumental venía a mí, como un banco de peces acude de manera instintiva hacia el plancton. Eso me hizo disponer de una libreta en exclusiva para esta historia, donde iba anotando cada idea o línea de diálogo que se me iba ocurriendo, hasta acabar recomponiendo la historia por completo y ampliándola hasta casi el doble del borrador original.

Hacia finales de diciembre del año pasado ya tenía la historia prácticamente acabada, y albergaba la intención de tenerla lista para mediados de enero. Pero, una vez más, el destino volvió a jugar sus cartas, y todos mis planes se vinieron abajo por culpa de un inoportuno, a la par que doloroso, ataque de gota, que me ha mantenido prácticamente inmovilizado durante todo el mes de enero, sin acceso al ordenador.

Desde hace unos días he reanudado las tareas de corrección, a fin de tener esta nueva novela lista para su publicación más pronto que tarde... siempre y cuando el destino no vuelva a conspirar en mi contra.

Crucemos los dedos.



miércoles, 28 de enero de 2026

ENTRAR CON MAL PIE EN 2026

Foto de ejemplo de gota tomada de Internet

  

Coloquialmente hablando entrar en un sitio con mal pie, o con el pie izquierdo, es sinónimo de mala suerte o de un mal comienzo. Esta es una creencia que tiene su origen en antiguas supersticiones romanas y religiosas, donde lo derecho era bueno y lo izquierdo era siniestro o malo. Si alguien empieza una relación o da inicio a un proyecto con mal pie significa que el inicio es desfavorable, o con garantías de fracaso.

En la Antigua Roma el lado derecho era de buena fortuna, mientras que el izquierdo era asociado con la mala suerte. Según la tradición bíblica se creía que al cielo se accedía por la derecha y los sacerdotes debían acceder al altar con el pie derecho, a fin de simbolizar un buen augurio. Y los marinos, históricamente, preferían subir a los barcos por estribor (derecha) para evitar la mala suerte asociada a babor (izquierda).

En resumen, entrar con mal pie, o con el pie izquierdo, es sinónimo de mal comienzo, de mala suerte, de que algo va a salir mal.

¿Y a qué viene todo esto? Pues viene a que este 2026, que recién hemos estrenado, lo he empezado con el pie izquierdo.

Pero mejor empiezo por el principio.

Me remontaré a la mañana del 31 de diciembre de 2025. Ese día, al despertar, noté un fuerte dolor en el pie izquierdo. Ese dolor me era familiar pues lo había sufrido otras veces antes, y todas esas veces con el mismo desenlace. Así que me puse en lo peor: aquello era el inicio de un nuevo ataque de gota.

Por desgracia para mí no erré en mi predicción. Al cabo de un par de horas mi pie izquierdo se había hinchado considerablemente, ardía, y el dolor era ya insoportable e incapacitante.

Sobre las doce del mediodía ya me era imposible poner el pie en el suelo. Tampoco podía apoyarlo de cualquier manera sobre la cama. Quienes han sufrido un ataque severo de gota en el pie sabe la clase de dolor que se experimenta, ese que con un leve roce de una sábana hace que se te salten las lágrimas de puro dolor. Si el leve roce de una sábana en la zona provoca un dolor de tal intensidad imaginad lo que supone un mal giro, chocar un pie con el otro o apoyar el pie en el suelo. El simple hecho de mover la pierna se convierte en toda una proeza del cálculo y la aritmética. Más que un movimiento natural parece todo un desafío a la ingeniería.

Mentalmente comencé a prepararme para una semana, al menos, de duro padecimiento.

Supongo que sobra decir que, en semejante situación, mi cuerpo no estaba para muchas celebraciones. Es más, si siquiera partí el año con mi familia. Agotado como estaba por el dolor, me dormí sobre las diez y media de la noche, por lo que no pude ver las campanadas de ninguna cadena. Ni siquiera las de aquí, en Canarias, que, como sabéis, las celebramos con una hora de diferencia con respecto a la península.

Hay una Ley de Murphy que dice que si algo puede salir mal todavía puede salir peor. Y salió peor. Vaya si salió peor.

¿Cómo podía empeorar algo que ya de por sí era horrible? Pues de la manera más tonta e inocente. Resulta que en mi botiquín aún guardaba un par de blisters con unas pastillas contra la gota que me habían sobrado de un tratamiento anterior. Así que ni corto ni perezoso leí el prospecto, confirmé que era una medicación contra la gota y decidí empezar a tomar una pastilla de aquellas con el desayuno, otra con el almuerzo y otra con la cena.

Para mi desgracia, no tardé mucho en advertir que aquello no mejoraba sino que parecía empeorar, ante lo cual decidí doblar las dosis, por lo que pasé de una pastilla con cada comida a dos. Como me pilló en días festivos —fin de año, fin de semana, día de Reyes—, no pude conseguir cita con mi doctora de cabecera hasta una semana más tarde. Y mientras, aquello se hinchaba más y el dolor era insoportable.

Cuando al fin pude contactar con mi doctora vía teléfono y le conté lo de la medicación que estaba tomando por mi cuenta, le faltó tiempo para echarse las manos a la cabeza.

¡Muchacho, lo que has hecho ha sido empeorar la situación!

La cosa estaba en que la medicación que estaba tomando era para “prevenir” la gota, no para curarla. Con lo cual, no sólo no estaba bajando la hinchazón sino que estaba contribuyendo a aumentarla. Y encima, como había doblado la dosis...

Total, que ya voy para un mes con esta dolencia. Desde hace unos días ya puedo caminar, aunque aún arrastro una leve cojera y siento dolor en ciertas zonas del pie.

Este problema me ha impedido actualizar el blog, así como acabar todos los trabajos que dejé pendientes a finales del año pasado, los cuales espero retomar de aquí a unos días.


Comenzaba este post hablando de las consecuencias negativas asociadas al término “entrar con mal pie o con el pie izquierdo”. Pues bien, este año, en este momento de mi vida, y habiendo pasado lo que he pasado en el último mes, he decidido llevarle la contraria al cenizo del tal Murphy y querer pensar que este año 2026 me va a ir de puta madre. Con un par.

¿Y por qué no?