![]() |
| Ilustración de Vilkasss bajada de Pixabay |
Echo la vista atrás. Es el año 1983. Me veo con trece años, en el patio de mi colegio, reflexionando en voz alta con algunos compañeros y compañeras de clase durante la hora del recreo.
—¿Os dáis cuenta? —digo al grupo—. En el año 2000 todos nosotros tendremos 30 años. Seremos tan viejos como son nuestros padres ahora.
Ese pensamiento nos fascinaba. ¡Quedaba tan lejos en el tiempo ese momento incrustado en el futuro! Un futuro que sólo existía en nuestra imaginación.
Para nosotros, unos adolescentes que apenas tres días antes aún jugábamos con muñecos articulados Madelman o muñecas Nancy en el salón de nuestras casas, imaginar el futuro a diecisiete años vista era como ponerse en la mente de George Orwell en 1949, cuando proyectó en su cabeza esa asfixiante distopía que acabaría siendo 1984, imaginando un futuro que aún no existía.
No sé cómo veíamos entonces nosotros ese hipotético futuro. Supongo que, como todo niño o adolescente de la época, imaginábamos un mundo futuro repleto de adelantos tecnológicos sin parangón: coches voladores, robots mayordomos, colonias en Marte, políticos honrados, etc. Está claro que no dimos ni una. Desde luego, como adivinos somos tan pésimos como Rappel, aquel tío calvo peludo de las túnicas estrafalarias y las gafotas rarunas que no acertaba ni una y que, aún así, se ganaba muy bien la vida viviendo del cuento. Ya me gustaría a mí vivir igual de bien de mis “cuentos”. Pero eso es otra historia. Eso sí, aunque a estas alturas de mi vida estoy casi tan calvo como él, ni pienso cambiar mis anodinas gafas por unas de colores y formas extravagantes como las suyas ni mucho menos pienso vestir con una de esas ridículas túnicas que se gastaba el menda.
Volviendo a nuestro pensamiento episódico futuro —así se llama al hecho de soñar o imaginar cómo sería un hipotético futuro que aún no existe—, para nuestras infantiles mentes, que aún nadaban en la abundancia del tiempo, donde los veranos eran tan largos que hasta nos daba tiempo de sobra para aburrirnos, pensar en un intervalo de quince o veinte años vista era como imaginar toda una vida. Quince años son quince veranos, quince cumpleaños, quince Semanas Santas, quince Navidades, quince inicios de curso escolar y quince fiestas de fin de curso. Quince años era todo un mundo.
Hoy tengo cincuenta y cinco. Ya hace tiempo que rebasé el ecuador de mi existencia, algo que da bastante yuyu si lo pienso. Pero no porque ya tenga más edad que la que tuvo mi padre cuando murió, sino porque todo ha ido tan rápido, el tiempo se me ha escapado de entre los dedos a tal velocidad que asusta.
Si cuarenta años se me han ido volando, ¿cómo de rápido se me fueron esos quince años de los que hablábamos en el patio del colegio en aquellos inocentes días de nuestra adolescencia? Como un suspiro.
Me gustaría tener la posibilidad de poder viajar en el tiempo, de encontrarme cara a cara con aquel adolescente que fui, aquel pibe que con trece años ansiaba ser mayor de edad para poder tomar sus propias decisiones, y decirle de tú a tú:
—Escucha pibe, soy tu yo del futuro. Tal y como me ves, serás tú en el año 2025.
—¡Ostras!, ¿en serio?
—Sí.
—¿Y voy a tener tu aspecto?
—Exactamente el mismo.
—Y dime una cosa, ¿me puedes decir qué demonios he hecho con mi vida?
—¿A qué viene eso?
—No sé, colega. Pero me da la impresión que, por mi aspecto, no he llevado una vida muy sana que digamos.
—Déjate de gilipolleces y escucha. Tengo unas cuantas cosas importantes que decirte.
—¿Y qué ha pasado con mi pelo? Creía que cuando fuese mayor tendría una larga melena de rockero que me llegaría hasta los hombros.
—Tranquilo. La tendrás. Pero a partir de los treinta todo se irá al carajo.
—Dime que al menos me seguirá gustando la música rock.
—Oh, sí. Y serás de los pocos. El rock hace tiempo que dejó de tener relevancia cultural y social. Ahora es cosa de románticos y rebeldes con causa. La música que triunfa hoy en día es tan mierdera que celebrarás todos los días de tu vida haber nacido en la época en la que naciste.
—Pues qué chungo, ¿no? Y digo yo...
—¡¡Pero me quieres dejar hablar, majadero!! Tanta preguntita y tanta preguntita...
—Perdona. Habla.
—Sé que te va a costar asimilar esto que te voy a decir, pero quiero que lo sepas, y que te lo grabes bien en la sesera: no sabes un carajo.
—¿A qué viene eso ahora?
—Viene a que aquello que crees saber ahora no es nada comparado con lo que sabrás cuando tengas mi edad. Cuando llegues a mi edad sabrás que la vida se va en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Pero si hay días en que las clases se me hacen eternas!
—Pobre idiota. Disfrútalo, chaval. Empápate de cada momento, de cada situación, de cada interacción con tus compañeros y compañeras. Estás viviendo los mejores años de tu vida.
—¿En serio?, ¿tan miserable va a ser mi vida?
—No me entiendas mal. Vivirás momentos maravillosos, y conocerás a gente que te dejará huella. Pero tú ya no serás el mismo, ni vivirás las cosas con la misma intensidad con la que lo vives todo ahora.
—Vale.
—También quiero que sepas que el tesoro más importante que tienes y que jamás tendrás es la salud. Cuídala, hombre, porque cuando quieras darte cuenta del maltrato que le has causado a tu cuerpo, igual será demasiado tarde.
—Me vale con echarte un vistazo para darme cuenta de lo mal que lo he hecho.
—No te pases, ¿o quieres que te rompa los dientes?
—Lo siento.
—También quiero que sepas que los que hoy son tus amigos y que crees que van a estar ahí contigo para siempre, la mayoría de ellos, por no decir la práctica totalidad, de aquí a unos años se convertirán en auténticos desconocidos para ti. Y tú para ellos. Y eso ocurrirá en menos tiempo del que crees. Incluso antes de ese hipotético año 2000 con el que fantaseáis tú y tus amigos ahora mismo.
—Imposible. Casi todos vivimos en el mismo barrio, y siempre podremos quedar para vernos y salir por ahí.
—No lo haréis. Unos se irán a estudiar fuera, otros se mudarán y abandonarán el barrio y perderéis el contacto, otros se emparejarán y harán nuevas amistades, otros se casarán, y tendrán hijos, y formarán sus propias familias, lejos. A unos pocos te los encontrarás en algún momento de tu vida, os pondréis al día, os comprometeréis a quedar otro día y tomar un café, y nunca más sabrás de ellos.
—¡No te creo!
—Pues debes hacerlo. La vida no espera por nadie, chaval.
—Jo, tío, qué frase más profunda. ¿Es mía?
—No sé. No me acuerdo. Igual la has leído en alguna parte. Porque, por muy extraño que te parezca conocer esto ahora mismo, cuando tengas mi edad vas a ser un lector voraz. No pararás de leer.
—¿Quién?, ¿yo?
—Sí. Tú. Y no sólo eso. Ademas de leer como un loco, también escribirás tus propias historias. Y a estas alturas de tu vida, llevarás cuatro libros publicados. Y tendrás dos más en camino.
—¡Qué me estás contando! Creo que te equivocas de persona. Yo no he leído un libro entero en mi vida. Pero si a mí la literatura me aburre mogollón.
—Pues créeme. Te encantará leer. Y escribir. Pero eso no ocurrirá hasta dentro de un par de años. Y cuando leas tu primer libro, lo vas a flipar. Y cuando escribas tu primer cuento, lo vas a flipar el doble. Y tu imaginación se desbordará de tal manera que ya será algo imparable.
—Si tú lo dices. Tendré que creerte.
—Hay más. No corras, no tengas prisa por crecer, porque cuando al fin seas mayor te darás cuenta de que ya no hay vuelta atrás, que la única manera de volver a sentirte joven e inmortal será a través de tus recuerdos.
—Vale. ¿Y qué más he de saber?
—Que todo irá bien.
—¿De veras?
—Habrá momentos jodidos. Pero también habrá momentos geniales. Conocerás a gente nueva. Alguna valdrá la pena, y otra no valdrá un pimiento. Te enamorarás, y te romperán el corazón. También perderás a gente importante en tu vida. Y lo pasarás mal. Pero de todo se sale. Y de todo lo que te ocurra aprenderás valiosas lecciones, y forjarán tu carácter. Y también te servirán para escribir tus historias. En fin, he de irme. He dejado a medias algunas tareas y tengo que acabarlas cuanto antes.
—Una última pregunta, ¿seré feliz?
—Por momentos, sí.
—Gracias.
—Cuídate, chaval. Y ya sabes, no tengas prisa por crecer. Todo llega cuando tenga que llegar, ni antes ni después. Ah, y cuidado con tus niveles de ácido úrico en sangre.
—¿Eso qué es?
—Ah, ¡bendita ignorancia! Adiós.
—Adiós.

Estimado amigo. Hay ciertas verdades que duele escuchar, verdades como puños, pero que uno quisiera que no fueran ciertas. Esta entrada tiene tanto de desconsuelo como de absoluta sinceridad y realidad. Cuán cierto es que, de niños, los días, las semanas y los años se nos hacían eternos, mientras que a partir de cierta edad, el tiempo ha corrido tan veloz que ni te das cuenta hasta que te pones a pensar en el pasado. Si mi yo actual se me hubiera aparecido cuando era un preadolescente y me hubiera contado todo eso, habría flipado, pero a la vez, creo que me había servido de mucho.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho esta reflexión, que la hago mía. Yo tengo 20 tacos más que tú, pero a veces me da la impresión de que somos de la misma quinta, je, je. Sobre todo por nuestro amor por el rock, ja, ja, ja.
Y cambiando de tercio: ¿es cierto que tienes dos novelas en preparación? Sabía que tenías una entre manos, pero dos no. Espero que las termines lo más pronto posible para poder disfrutar de elllas.
Un fuerte abrazo.
Saludos, Josep.
EliminarNo deja de resultarme de lo más curioso el hecho de comprobar como ciertas experiencias vitales son perfectamente extrapolables de un ser humano a otro, pertenezcan a la generación que pertenezcan. La relatividad del paso del tiempo, por ejemplo, es una de ellas. Cuando eres joven, con toda una vida por delante, el tiempo parece que transcurre a cámara lenta. Es más, hasta deseas que pase lo más rápido posible debido a la impaciencia propia de esas edades. Sin embargo, llega un momento en nuestra vida en que los años se van en un suspiro. No sé en qué momento pasé de "tener toda una vida por delante" a mirar por el espejo retrovisor y decirme a mí mismo: "¡Dios mío, ¿pero dónde se han ido todos esos años?". Por mi propia salud mental procuro no pensar demasiado en ello, ya que, como alguien sabio dijo una vez "si tienes un pie colocado en el pasado y otro pie colocado en el futuro, acabarás cagándote en el presente". Así que lo mejor es vivir y disfrutar al máximo del hoy, que es lo único con lo que podemos contar realmente.
El tema de las novelas en preparación lo comenté en alguna entrada anterior. Llevaba meses trabajando en una en concreto, y ya la tenía prácticamente acabada cuando, por culpa de un accidente con un mueble que se me vino abajo, tuve que realojar un montón de libros y apuntes que tenía guardados. Leyendo esos apuntes me encontré con una obra que escribí hace doce años, me enganché a ella mientras la leía y, al final, atendiendo a un impulso, no tuve más remedio que aparcar la novela que tenía en marcha y meterle mano a esta nueva. Llevo siete meses trabajando en ella, ya está prácticamente acabada, si bien aún sigo con pequeñas correcciones que me están llevando más de lo esperado, debido a ciertos problemas de salud que he tenido que afrontar en los últimos meses. Sinceramente, por mi experiencia puedo decir que se tarda más en corregir que en escribir. Cuando te pones a ello (a corregir), revisas cada frase, cada párrafo, cada línea de diálogo, barajando todas las posibilidades que la historia y los personajes te brindan, y eso lleva mucho tiempo. Si a eso le añadimos el hecho de que, para que todo cuadre, has de leerlo todo con "ojos nuevos", entre lectura y lectura debes dejar pasar un par de días, ya que el cerebro llega a acostumbrarse al texto de tal manera que acabas leyendo "de memoria", sin leer realmente lo que tienes delante. En cualquier caso, agradezco enormemente vuestro interés, ya que eso me obliga, aún más si cabe, a trabajar con más denuedo y dedicación. De momento, sólo te puedo adelantar que estoy realmente emocionado con lo que ya tengo. Espero estar a la altura de las expectativas.
Un fuerte abrazo, amigo Josep.
Magnífica entrada, Pedro. Cuántas cosas le diríamos a nuestro yo adolescente de poder, aunque no creo que para él fuera nada positivo. Creo que el balance global de mi vida hasta ahora es bastante positivo, pero hay cosas que no hubiera querido saber a los catorce. Yo no me hubiera asombrado de saber que iba a leerme hasta los prospectos de las medicinas porque no alcanzo a recordar cuando empecé a leer, creo que desde que aprendí a los cinco años, pero sí que hay otras cosas que me hubieran sorprendido. Por ejemplo en aquellos momentos no tenía la más mínima intención de dedicarme a la enseñanza. Tenía una tía maestra y siempre me decían que estudiara magisterio. Yo lo odiaba y al final, hice Biología y terminé en la enseñanza. Y feliz por otra parte.
ResponderEliminarEn fin, creo que es bueno vivir sin saber lo que nos depara el futuro y cometer en cada momento lo errores propios de la edad.
A ver cuándo tenemos por fin entre manos al menos una de tus nuevas novelas. Lo estoy deseando.
Un beso.
Hola, Rosa.
EliminarMe pareció un ejercicio interesante el mantener esa especie de diálogo entre mi yo actual y el yo que fui en mi adolescencia. Al hacerlo, pensar en ello y ponerlo por escrito, me di cuenta de lo mucho que he cambiado en todos estos años, y peor aún, en lo rápido que se me ha ido todo (incluyendo mi pelazo. Tengo fotos antiguas con mi melena a lo Rey León que, al verlas, me da un sentimiento que no veas. Snif).
En lo que sí que no he cambiado mucho es en mi sentido del humor. Desde muy jovencito he mostrado cierta tendencia hacia el humor y los chistes. Ya por aquellos días, incluso antes, el género que más me gustaba en el cine eran las comedias. De hecho, tenía una especial debilidad por las sitcom británicas, que me veía y disfrutaba en bucle. Mi abuelo, a mediados de los setenta, se compró un vídeo Beta (era un cacharro enorme y carísimo), y en él grababa todas las series que me gustaban (Benny Hill, Sólo cuando me río, El Show de Paul Hogan...). Yo veía aquellas cintas una y otra vez, hasta casi acabar memorizando los sketches, y me lo pasaba pipa. Aún hoy, cada vez que veo alguna de aquellas series, me acuerdo de lo bien que nos lo pasábamos en casa de mi abuelo, sentados en el sofá de la entrada frente al televisor, viendo aquellas series y riendo como descosidos.
Mi afición lectora fue tardía, con dieciocho o diecinueve años. Las clases de lengua en mi adolescencia eran aburridísimas. La mayor parte del tiempo nos teníamos que aprender la vida y milagros de autores de relevancia en las letras españolas (Alfonso X, Garcilaso De La Vega, Arcipreste de Hita, Gaspar de Jovellanos, Quevedo, Espronceda, Góngora, etc.), y claro, eso, para un adolescente, era un coñazo. Hoy lo recuerdo y esbozo una leve sonrisa, pero en aquellos años lo odiaba. Y de no haber sido por mi afición por los cómics y los tebeos, habría abandonado completamente la lectura. Y un día, en un quiosco que había al lado de la oficina donde trabajaba, vi un libro pequeño, con cubierta dura de color verde y letras doradas: "El sombrero de tres picos", de Pedro Antonio de Alarcón, y mi vida cambió. A partir de aquella lectura, mi afición ya fue imparable.
En cuanto a mi nueva novela, se lo comentaba a Josep. Llevo semanas trabajando a destajo, corrigiendo y puliendo el texto. He sufrido algunos contratiempos (bastantes, a decir verdad), pero la cosa fluye. No quiero marcarme plazos para no agobiarme y lanzar algo de lo que no esté satisfecho al 100%. Lo que sí puedo adelantar es que será una comedia, en mi línea, y que espero que consiga entretener y divertir a partes iguales. En ello estoy. Y al igual que le decía a Josep, sólo me queda daros las gracias por vuestro apoyo. Lo agradezco muchísimo.
Un beso, querida Rosa.