jueves, 5 de febrero de 2026

EL DESTINO TAMBIÉN JUEGA

Foto con un muestrario de apuntes y borradores de mi autoría

 

La vida me ha enseñado que por mucho que planees algo, y que orientes todos tus esfuerzos en aras a lograr tu objetivo, nada de eso prevalecerá cuando el destino decida entrar en escena. Esto viene a cuento por lo que me ha ocurrido con el último proyecto que tengo entre manos.

A finales de marzo de 2025, tras dos años de ausencia y sin escribir nada en todo ese tiempo, regresé a mi actividad bloguera. Al mismo tiempo comencé a garabatear en una libreta mis primeras ideas para una nueva novela.

Todo marchaba a buen ritmo; tenía la historia más o menos definida en mi cabeza, disponía de bastante material acumulado de un borrador anterior y las nuevas ideas fluían con relativa facilidad. En resumen, todo me hacía suponer que cumpliría sin problemas el plazo que me había marcado al inicio del proyecto.

Sin embargo, uno nunca debe dar nada por hecho. Eso es algo que aprendes a medida que vas cumpliendo años. Cuando creía que hacia finales de septiembre tendría mi libro totalmente acabado, vino el azar y jugó sus cartas a mis espaldas.

Sobre la segunda semana de septiembre me vi obligado a acometer la compra de un par de muebles para mis libros. Los que tenía se me habían quedado pequeños y obsoletos, pues las baldas donde reposaban los libros se habían ido doblando debido al sobrepeso que se habían visto obligadas a soportar durante años, hasta el punto de que una de ellas llegó a venirse abajo, literalmente, al arrancar de cuajo los enganches situados a ambos lados del mueble.

Aquel incidente me hizo ver algo que resultaba evidente: tras tantos años acumulando libros, libretas y cuadernos y viejas agendas con toda clase de apuntes y anotaciones, aquello amenazaba con echarme a mí de mi propia casa, y acabar yo durmiendo en el rellano de la escalera. Debía hacer una criba y desembarazarme de algunas cosas. Así que me puse a ello. Conseguí llenar un par de bolsas de plástico con libros que ya no quería y los regalé.

Hecho esto, urgía hacer lo mismo con todo el material acumulado en cuadernos, libretas y cualquier trozo de papel que tuviese a mano en el momento de venirme alguna idea o concepto. Como ya he confesado en alguna que otra ocasión, desde que empecé a escribir en serio tengo por costumbre anotar cualquier chorrada que juzgue interesante en el primer trozo de papel que tenga a mano, a fin de no olvidarla y trabajarla más adelante. Esta costumbre la adquirí a raíz del consejo que una antigua profesora de lengua que tuve me brindó siendo un imberbe: “Más vale un lápiz corto que una memoria larga”.

Teniendo en cuenta que llevo escribiendo y discurriendo tonterías desde los quince años más o menos, imaginad la cantidad de hojas que habré emborronado a lo largo de mi vida. Y encima, como soy muy poco dado a tirar nada, al menos hasta que no lo veo publicado o pasado a limpio en algún archivo de texto, la cosa ha ido creciendo de manera alarmante. Así que me puse manos a la obra. Fui leyendo una a una todas aquellas anotaciones y las iba pasando a limpio en diferentes archivos de texto, según su naturaleza.

Todo iba bien, hasta que en una de estas me topé con una historia que escribí hace la friolera de catorce años y que, desde entonces, había permanecido guardada en un estante. Dicha obra, que tiene una historia bastante curiosa detrás y que algún día desvelaré, apenas llegaba a los cuarenta y cinco folios. Aún así, la historia estaba completa, es decir, que tenía un principio, un desarrollo y un final.

Al principio la leí con curiosidad, luego, con renovado interés, y, al final, me quedé totalmente enamorado de la historia y los personajes. La cosa es que, según iban pasando los días, una nueva idea o giro argumental venía a mí, como un banco de peces acude de manera instintiva hacia el plancton. Eso me hizo disponer de una libreta en exclusiva para esta historia, donde iba anotando cada idea o línea de diálogo que se me iba ocurriendo, hasta acabar recomponiendo la historia por completo y ampliándola hasta casi el doble del borrador original.

Hacia finales de diciembre del año pasado ya tenía la historia prácticamente acabada, y albergaba la intención de tenerla lista para mediados de enero. Pero, una vez más, el destino volvió a jugar sus cartas, y todos mis planes se vinieron abajo por culpa de un inoportuno, a la par que doloroso, ataque de gota, que me ha mantenido prácticamente inmovilizado durante todo el mes de enero, sin acceso al ordenador.

Desde hace unos días he reanudado las tareas de corrección, a fin de tener esta nueva novela lista para su publicación más pronto que tarde... siempre y cuando el destino no vuelva a conspirar en mi contra.

Crucemos los dedos.



4 comentarios:

  1. Pues esperemos que el destino se porte y pronto podamos tener y leer tu novela. Y enseguida la otra, la que querías finalizar para septiembre y que, por lo que cuentas, tiene que estar prácticamente terminada.
    Yo tampoco soy amiga de tirar nada. Me planteo deshacerme de un montón de libros que ocupan sitio y cogen moho, y sé que nunca voy a leer de nuevo, pero cada vez que me pongo a seleccionar, a los cinco minutos lo he dejado porque más que seleccionar para retirar, lo que hago es salvar a todos, unos por una cosa y otros por otra. Al menos no almaceno nada escrito por mí. Por cierto, seguro que en todo ese montón de libretas hay más cosas que con un vistazo, unas correcciones y unos añadidos aquí y unos cortes allá hacen una novela genial. Repásalo todo con calma.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Saludos, Rosa.
      Pues, de momento, el destino no me lo está poniendo nada fácil. Aún no he salido del todo del episodio de gota y ya me ha vuelto a obsequiar con uno de sus "regalos envenenados": desde hace una semana me ha salido un orzuelo en el ojo izquierdo y me estoy aplicando una pomada dos veces al día que me deja prácticamente tuerto durante un par de horas. Pero oye, yo no desisto en mi idea: este año me van a pasar cosas buenas. Positivismo en vena. Claro que sí.

      A mi me pasa exactamente lo mismo que a ti. Incluso peor. Cada vez que tengo que limpiar el polvo de los libros me resulta imposible no abrir alguno y hojearlo por encima. Eso hace que la limpieza se alargue más de la cuenta. Y me pasa siempre. Así que imagina lo que me ha costado tener que desembarazarme de algunos libros.

      Entre libretas, cuadernos, agendas y papeles sueltos con anotaciones tengo material de sobra para varios libros. He visto cosas que tenía escritas hace quince o veinte años y que ya ni recordaba, y, al leerlas, me lo he pasado genial. Seguro que de ahí saco algo interesante. De momento, ya tengo material para dos novelas. La primera de ellas espero tenerla lista de aquí a un par de meses, esté de acuerdo o no el puñetero destino. ; )

      Un beso, Rosa.

      Eliminar
  2. Esperemos que esos contratiempos acaben de una vez por todas y te dejen trabajar tranquilo y ver así acabado tu tan esperado y deseado libro. A veces las cosas se tuercen de la forma más tonta posible. Ya dice el refrán: el hombre propone y dios (el destino) dispone. Crucemos los dedos, pues, para que desde ahora el destino sea clemente contigo.
    Yo, al contrario que tú y Rosa, tengo la mala costumbre (como alguna vez he constatado) de deshacerme de lo que considero inútil o caducado. En el ámbito familiar eso no tiene gran importancia, aunque genere alguna que otra discusión con mi mujer, que no tiraría nada y acabaríamos acumulando cosas del año de la catapum (sobre todo ropa que ya no usamos, pero quién sabe si...). En el trabajo, en cambio, la cosa tiene más enjundia. No es la primera vez que me he cargado algún informe que me costó tiempo y esfuerzo hacer para nada (pues quien me lo encargó, mi jefe, decidió de pronto que ya no valía la pena) y luego, al cabo de meses, o incluso de algunos años, tener que hacer uno muy parecido, de forma que de no haberla liquidado, aquella primera versión me habría servido de base y me habría ahorrado mucho tiempo. Ahora ya soy mucho más cauteloso y me arrepiento de no haber conservado recuerdos de mi infancia (la colección de coches en miniatura, cuentos ilustrados muy bonitos y objetos diversos; y es que en casa no éramos de guardar cosas que ya no utilizábamos. Así que mi mala costumbre es algo hereditario, je, je.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Saludos, Josep.
      Guardar objetos o posesiones, si no se hace con moderación, puede llegar a convertirse en enfermedad, como ocurre con aquellos que padecen lo que se denomina como Síndrome de Diógenes. En lo que a mí concierne siempre me he considerado un romántico, y si bien me he desprendido a lo largo de mi vida de ciertos objetos que ahora desearía haber conservado, sobre todo regalos de reyes o cumpleaños recibidos de manos de mis padres y mi abuelo materno, aún conservo numerosos objetos que, con solo tocarlos, me retrotraen a décadas atrás, o me hacen rememorar momentos puntuales asociados a esos objetos.
      En cuanto a apuntes o escritos que conservo desde hace décadas, a veces me sirven de inspiración, y otras me sirven para constatar la evidente evolución en mi forma de escribir. No te negaré que leyendo algunas cosas que escribí hace treinta años o más consiguen ruborizarme, por lo mal escritas que están, mientras que otras, por el contrario, consiguen asombrarme debido a su calidad.
      En cualquier caso, agradezco a la informática el poder convertir en archivos de texto muchos de esos escritos, pues la cantidad de papeles que aún conservo amenaza con aislarme en un rincón de la casa.
      Un abrazo.

      Eliminar