jueves, 18 de diciembre de 2025

CULTURA DE LO GRATUITO

 

Imagen de Iffany bajada de Pixabay

 

Tras pasarme varios años escribiendo y publicando en mi blog y en redes, al fin, un venturoso día, mis continuados esfuerzos dieron su fruto: una editorial se había interesado en mí y en mi trabajo.

Estamos realmente entusiasmados con publicarte —dijo uno de los editores.

¿Cuánto de entusiasmados? —dije yo.

Mucho. ¿No ves cómo nos sale el entusiasmo por las orejas? Fíjate cómo nos rebosa el entusiasmo y nos cae por ambos lados del rostro, como los bucles de un rabino ortodoxo.

Vaya. Eso es mucho entusiasmo —admití.

Ya lo creo.

¿Y cuánto pensáis pagarme?

Absolutamente nada —dijeron ellos con pasmosa tranquilidad.

¿Cómo que nada? ¿Ni siquiera recibiré royalties por ejemplar vendido?

Ni.

Una cosa. ¿Vosotros sois conscientes de que los escritores, por muy noveles que seamos, también somos personas, y que, como tales, también tenemos nuestras necesidades, como comer, vestirnos, dormir bajo techo, pagar agua, luz, teléfono, etcétera?

Tal vez no lo sepas, pero hoy día, en pleno siglo XXI, vivimos instalados en la cultura de lo gratuito. Hoy día, casi nadie paga por nada.

Llegados a este punto, no pude evitar torcer el gesto. Me salió de forma natural, como cuando un pedo ajeno invade traicioneramente tus desprevenidas pituitarias en el interior de un ascensor.

¿Cultura de lo gratuito? Perdona, pero, ¿serías tan amable de explicarle ese concepto de “cultura de lo gratuito” a mi carnicero? Temo que el pobre hombre, ocupado como está en sacar adelante su negocio, no esté tan puesto en la implantación de ese nuevo sistema económico y social que, según parece, rige nuestro modo de vida. Hasta donde yo sé, cada vez que le pido carne he de pagar dinero por ello. Y sin dinero no hay carne. Así de simple. Y llamadme tonto ignorante si queréis, pero si le digo al pobre hombre que no tengo intención de pagarle ni un céntimo por su producto y su trabajo haciendo alusión a esa “cultura de lo gratuito” de la que me habláis, mucho me temo que la hostia que me voy a llevar resonará en el barrio durante semanas.

Lo siento, pero no podemos pagarte. Entiéndelo. Somos una editorial joven, con mucho entusiasmo, eso sí, pero sin un duro, y aún carecemos de capital suficiente como para poder acometer ciertas operaciones de índole comercial. Ten en cuenta que para sacar tu libro adelante tendremos que pagar a un corrector, un maquetador, un ilustrador o diseñador para la portada y contraportada, pagar a la imprenta, pagar por la distribución, a fin de que tu libro pueda llegar a las librerías, así como atender los pedidos directos que nos lleguen a través de nuestra web, y, por supuesto, también nosotros necesitamos ganar dinero para generar recursos y sobrevivir.

O sea, que con mi obra ganará dinero todo el mundo menos yo.

Básicamente.

Y digo yo, ¿porqué vosotros no sufrís los efectos perniciosos de esa “cultura de lo gratuito”? Ni tampoco el corrector, el maquetador, el diseñador, el distribuidor o las librerías. Tal y como me lo planteas, me da la sensación de que el creador de la obra es el único que pierde en esta ecuación.

Pues sí.

¿Y me lo dices tan tranquilo?

A ver, también te lo puedo decir nervioso, pero no creo que eso cambie mucho la cosa, la verdad.

Hay que joderse. Tanto progreso y tanto adelanto tecnológico y resulta que hemos retrocedido atrás en el tiempo, a los tiempos de la esclavitud. De nuevo volvemos a trabajar a cambio de nada.

Es lo que hay.

Aquella frase, proclamada a modo de sentencia, me supo a cuerno quemado. Y yo no sé vosotros, pero a mí una dieta a base de cuerno quemado me apetece tan poco como una dieta a base de pescado hervido y ensaladas sin aliñar.

¿Sabes qué? Que le den al progreso.

Doy por hecho entonces que no te interesa nuestra oferta.

No. No me interesa. Y creo que a mi carnicero tampoco.

En cualquier caso, aquí tienes —dijo el tipo de la editorial al tiempo que me hacía entrega de un documento en papel.

¿Qué diablos es esto?

La factura.

¿Qué factura?

Por el servicio de lectura de nuestro asesor. Ten en cuenta que ha dedicado unas horas a leer tu manuscrito, valorarlo y redactar un informe en aras a una posible publicación.

Claro. Lo entiendo. Esperad un momento.

Tomé mi bloc de notas, cogí un boli y escribí en una de las hojas de papel. Luego arranqué la hoja del bloc y se la entregué al tipo de la editorial.

Vale por cero euros con cero céntimos —leyó en voz alta el joven editor—. Pero esto, ¡no vale nada!

¿Y qué esperabas? Cultura de lo gratuito, ¿no? Gracias por vuestra atención. Y explicadle todo eso de la “cultura de lo gratuito” a vuestro asesor de lectura, vuestro corrector, vuestro maquetador, vuestro diseñador, vuestro distribuidor y a todas las librerías con las que colaboráis. Igual tenéis suerte y ninguno de ellos se muestra tan “poco comprensivo” como yo.



jueves, 11 de diciembre de 2025

LA PASIÓN DE ESCRIBIR

Imagen de rawpixel tomada de Pixabay

 

La mejor manera de aprender el oficio de escritor consiste en leer a otros autores; autores consagrados, autores olvidados, autores malditos, autores ensalzados por la crítica o vilipendiados por ella, autores mediocres, autores excelsos, autores infravalorados y sobrevalorados, autores gigantes y autores minúsculos. En definitiva: leer mucho y de todo, aunque se aparte de tu estilo o tu género favorito.

Se aprende mucho leyendo a otros. Se aprende a ser crítico —todos llevamos un crítico dentro pugnando por vomitar su opinión sobre todas las cosas—, y decidimos si algo nos gusta o nos aburre. También aprendemos a apreciar o despreciar los textos, propios y ajenos, a ver sus fallos, y también sus aciertos, según nuestro bagaje como lectores y nuestros gustos.

También aprendemos fundamentos básicos: vocabulario, uso de metáforas y comparaciones, ritmo, precisión en el lenguaje, economía —ya se sabe: lo bueno, si breve, dos veces bueno—, evitar la adjetivación excesiva, el abuso de adverbios, la acumulación sistemática de frases subordinadas, las repeticiones, el uso del lenguaje espeso y enmarañado, las descripciones demasiado pesadas y soporíferas, los tópicos —“el cielo era azul”, “la noche era oscura”, “el frío calaba en los huesos”, “el sol cegaba”, etc—.

Cuando escribes sólo estáis tú y el folio o la pantalla en blanco. Y todo se reduce a una batalla entre esos dos contrincantes naturales por ver quién derrota a quién. Si ganas tú, lograrás llenar el espacio en blanco con tus ideas; si gana él, el espacio en blanco será el símbolo inequívoco de tu derrota.

Resulta curioso comprobar cómo las ideas resuenan maravillosas en tu cabeza, mucho antes de ser escritas. Todo encaja, todo te suena bien. Tus personajes respiran, tu historia se muestra diáfana y sin fisuras.

Pero, ay, cuando empiezas a poner negro sobre blanco, las ideas ya no suenan tan maravillosas; no todo encaja ni suena tan bien como sonaba en tu cabeza, tus personajes no sólo no respiran sino que se asfixian y se atragantan, tu historia no se muestra tan sólida ni tan compacta como creías. Y, como un operario de la sala de máquinas del Titanic en los instantes posteriores al choque con el iceberg, empiezas a ver grietas por todas partes.

Durante el proceso de escritura pasas por un millón de fases diferentes. De la euforia inicial pasas a la frustración y el desencanto; de la energía desbordante del principio pasas al embajonamiento y la procrastinación. Te ves incapaz de seguir, y dudas sobre si seguir adelante o abandonar.

Si decides seguir, entonces remontas. La cosa parece funcionar de nuevo, como al principio, hasta que aparece el siguiente obstáculo, que te frena y te dificulta el camino. Entonces te enfrentas al obstáculo, lo superas, y de nuevo aparece otra piedra en el camino. Y como un Sísifo moderno te vuelves a enfrentar a una nueva piedra en el camino una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

En algún momento del proceso asomará el feo rostro de la duda. Al igual que la Declaración de la Renta, siempre aparece. Tarde o temprano se deja ver y sentir, para tu consternación. El miedo mina tu confianza, te paraliza, surgen inevitables el Síndrome del Impostor, el Síndrome del Farsante, el Síndrome del Incapaz de Terminar Cualquier Cosa Que Emprendes.

Entras en pánico. Temes estar perdiendo el tiempo con algo que no tiene la calidad suficiente para ser publicado. Y eso que sólo tú has podido leer lo que has escrito. Lo peor aún está por llegar. Oh, sí. Ya lo creo. Lo peor vendrá desde el momento en que le pasas tu manuscrito, ya acabado, a alguien para que lo lea y te dé su opinión. Ahí empieza lo bueno. O lo malo. Ya se verá.

Pasado el tiempo te llega la tan temida —y por otra parte deseada— opinión. La persona a la que has confiado tu criatura emite su juicio. Con un poco de suerte no todo será malo. Habrá cosas buenas que te animarán, y cosas malas que te descorazonará que te hagan ver. Nadie quiere que le digan algo malo de su bebé. Todos desean, ansían, confían en escuchar maravillas de su obra, esa que tantas y tantas horas de duro trabajo y dedicación te ha llevado.

Vale, ya tienes la primera opinión externa. Y, en líneas generales, es positiva. Así que, adelante. Seguimos para bingo.

¿Crees que ya ha acabado todo? Pues no. Aún quedan un par de pasos más. Aún debes convencer a un editor, y que éste apueste por ti, que apueste de verdad, promocionando tu libro y defendiéndolo en todos los lugares a los que lleguen sus tentáculos, y que los libreros confíen en tu capacidad de atraer a lectores de todo tipo a sus negocios. Porque esto es un negocio, no lo olvides. Jamás olvides eso. Si escribes para ti, es diversión. Si escribes para vivir de ello, es una profesión. Si escribes para ganar mucho dinero, es un negocio. Y en los negocios, los números son lo primero. Los números no mienten. Los números son tu amigo y tu enemigo. Tu altar o tu tumba. O te eleva al cielo o te hunde en el fango.

Y lo mismo sucede cuando, por las circunstancias que sean, no has logrado que ningún editor o editorial se interese por tu obra, y te ves empujado a apostar por la autoedición. Ahí también entran los números. A menor escala, obviamente, ya que tus costes no son los mismos que los de una editorial grande, mediana o pequeña. Todo dependerá de los servicios que contrates (corrector, diseñador de portada, marketing, publicidad en redes —sí, amigos, para que tus publicaciones lleguen a tus contactos de Facebook, Instagram o X debes aflojar la mosca, o de lo contrario no llegará ni al 5% de tu audiencia. Es su negocio y así está montado, ¿o de verdad creías que todo el rollo de las redes sociales era gratis? No sólo has de pagar para evitar anuncios, sino que has de pagar para que otros accedan a tu contenido. Paganinis forever and ever). Aunque también puedes montártelo en plan Juan Palomo, yo me lo guiso yo me lo como, aunque para ello tengas que multiplicarte, como los sueldos de los ediles y concejales cada vez que acceden a una alcaldía.

Y al fin un día, el Sísifo moderno se alza con el triunfo. Ha logrado sortear todas las malditas piedras en el camino, y, por fin, ve su libro publicado y a disposición del público. Y en ese final del camino esperas, con excitación y nerviosismo, la sentencia final a tu trabajo: el veredicto de los lectores.

Como decía mi admirado Faemino en una de sus más célebres entradas: “Para que luego digan que esto es fácil. ¡Y una mierda así de alta!”.


 

jueves, 27 de noviembre de 2025

POBRECITA LITERATURA

Foto de churros con chocolate tomada de Internet

 

Mi amiga, con la que voy a caminar una vez por semana, va y me dice:

¿Sabías que Mar Flores acaba de publicar un libro con sus memorias?

Sí lo sabía —le digo yo—. Lo que no sabía es que Mar Flores supiese leer y escribir.

Seguimos andando, y sufriendo por ello. Sobre todo cada vez que nos vemos obligados a afrontar una pronunciada cuesta que nos trae a ambos por el camino de la amargura, nunca mejor dicho.

¿Y sabías que Isabel Preysler también ha publicado un libro de memorias? —prosigue mi amiga.

Sí que lo sabía. Aunque más que unas memorias yo pensé que se trataba de un manual sobre Cómo casarse con un millonario y vivir de ello sin dar un palo al agua.

Ella ha trabajado —me corrige—. Ha sido la imagen de Porcelanosa y los bombones Ferrero Rocher.

Sí que debe ser duro, sí, que te vistan, te maquillen y te peinen para salir en un spot una vez al año. Y encima, lo que se habrá ahorrado la tipa en alicatar los baños de Villa Meona. Trece baños tenía la mansión, ¿no?

Sí, trece.

Pues alicatar eso tiene que salir una pasta gansa.

Ya te digo.

Ya ves, no sólo no da un palo al agua sino que encima se ahorra un pastón en alicatado y fontanería en una casa que tiene más cuartos de baño que habitaciones. Tonta no es, no. ¡Qué suertuda la tía!

Para suerte la nuestra, que gracias a mi arraigada costumbre de ir mirando al suelo mientras caminamos logramos sortear una aparatosa cagada de perro. ¡Qué guarra es la gente, carajo! No le echo la culpa al animal, que caga donde puede. Se la echo a su propietario o propietaria, por incívico o incívica.

¿Y sabías que el emérito también ha publicado un libro? —reanuda mi amiga.

Cómo vivir a cuerpo de rey, ¿no?

No, hombre. Es un libro de memorias.

¿Ves?, eso sí que me jode un poco.

¿Y eso?

Porque estoy a punto de publicar mi nueva novela, y lo último que necesito es más competencia en la categoría de “ficción”.

Mi amiga y yo pasamos cerca de una residencia de ancianos que hay por la zona. Un cuidador, bastante fornido, empuja una silla de ruedas ocupada por un anciano. Junto a ellos pasea una mujer de mediana edad. Intuyo que debe ser familiar del anciano, una hija o la nieta mayor.

De repente, el anciano me ve y, clavando fijamente su mirada en mí, grita a pleno pulmón sin venir a cuento: “¡Hijo puta!”.

A mí personalmente la salida de banco del anciano me hace mucha gracia. Lejos de enfadarme o tomármelo a mal, me echo a reír. El anciano, mientras tanto, vuelve a la carga: “¡Hijo puta!”, grita con enojo. Y yo no puedo dejar de reír. Mi amiga también ríe.

La mujer que va al lado del anciano, me dice:

Disculpen. Demencia.

No se preocupe, señora —le digo yo—. Buenas tardes.

Buenas tardes —responde la mujer, quien, a tenor de su manera de reaccionar intuyo que está más que acostumbrada a este tipo de incidentes.

Mi amiga y yo seguimos nuestro paseo, mientras a nuestras espaldas volvemos a escuchar un sonoro: “¡Hijo puta!”.

¿Te enteraste de lo del Premio Planeta a Juan Del Val? —me dice mi amiga.

¡Cómo para no hacerlo! Menuda tabarra han dado con el temita. He leído no sé cuántos comentarios en redes, la mayoría echando pestes del tipo ése. Y entre la crítica especializada tampoco ha sido muy bien recibido el fallo. Más bien al contrario. Le han dado palos por todos los lados. La palabra “fraude” ha sido la más repetida. Claro que al tal Juan Del Val todo eso se la trae al pairo. Casi diría que hasta le pone. Es lo que tienen los polemistas, que se retroalimentan del odio que ellos mismos generan.

¿Y qué me dices del libro de Bárbara Rey?

Memorias de una geisha en versión cañí, ¿no?

Algo así. La verdad, esa mujer no tiene vergüenza.

Pues no. No la tiene.

Mientras caminamos por las inmediaciones de una cafetería muy popular en la zona, con su terracita exterior hasta los topes de clientes, nos llega el intenso olor a churros recién hechos. Hacemos de tripas corazón para no caer en la tentación (¡coño, si hasta me ha salido un bonito pareado!).

Todos sabemos que el diablo adopta diferentes formas para confundirnos y hacernos caer en el pecado. ¿Sería capaz de adoptar la forma de un delicioso y crujiente churro? ¡Qué malo es el jodío!

Salimos disparados, por si acaso.

Parece que se ha puesto de moda el que los famosetes de medio pelo se dediquen a escribir libros. Me refiero a gente tipo Belén Esteban, Mario Vaquerizo, Paz Padilla, Terelu Campos... —dice mi amiga.

Lo peor no es eso —respondo yo, con rabia—. Lo peor es que se los publican. Y peor aún, hay gente que los compra. ¡Y hasta los lee!

Tú te leíste el de Mario Vaquerizo, ¿no?

Sí. Por eso hablo con conocimiento de causa.

¿Por qué lo hiciste, si puedo preguntarlo?

Quería saber por qué la gente compra esa clase de libros, qué misterio esconden, por qué fascinan tanto.

¿Y lo descubriste?

Sí. Creo que esa clase de libros están destinados a gente a la que no les gusta leer y les da vergüenza admitirlo, así que se compran esos bodrios, se los leen y se hacen la ilusión de que han cumplido.

Ah.

Una pérdida de tiempo, por cierto. Por si te lo estás preguntando.

Te aburrió.

A mí y a su corrector. El libro tenía tantos fallos de ortografía y sintaxis que di por hecho que el corrector llegó a un punto de su trabajo en que se dijo: “¡A la mierda, lo dejo! A mí no me pagan tanto como para perder el tiempo en esta gilipollez”, y lo dejó estar tal y cual.

Mi amiga y yo pasamos por las inmediaciones de un colegio. Es la hora del recreo. El patio está lleno de niños, pero no se oye ni un alma. Todos los infantes, de entre cinco a doce años, permanecen sentados de cualquier manera, en cualquier sitio del patio, con la mirada clavada en sus teléfonos móviles. Esta vez el Diablo, disfrazado de pantallita, ha logrado robarles la infancia y la imaginación a los niños. Sí que es malo, el jodío.

¿Y te acuerdas del fraude aquel del libro de Ana Rosa Quintana?

Lo recuerdo, sí. Sabor a hiel, se titulaba. No sólo no lo escribió ella, sino que lo escribió su ex cuñado, quien, a su vez, tomó “prestados” fragmentos de libros de Danielle Steel, Angeles Mastretta, Collen McCullough y hasta de Antonio Gala. Curiosamente la editorial era Planeta, la cual, ante el escándalo generado por el plagio, se vio obligada a retirar los ejemplares de las tiendas. Menudo pifostio se armó. Y la tía, ahí sigue, tan ancha, dando lecciones de moral cada dos por tres.

¡De todo tiene que haber en la viña del Señor! —dice mi amiga con ironía—. Pobre literatura. No se merece semejante castigo.

Entre todos la mataron y ella sola se murió —sentencio.