A
mi hermana se la llevan los demonios cada vez que me ve salir a la
calle vestido de cualquier manera.
Hace
poco vino a mi casa. Quería que la acompañase a un centro comercial
a comprar unas latas de pintura para unas reformas que quiere hacer
en su piso. Cuando me vio listo para salir de casa se le cayó el
alma a los pies.
—¿En
serio vas a ir así vestido?
“Así
vestido” consistía en: una camiseta de un azul desgastado con un
descolorido estampado promocionando el mundial de basket de 2014 que
se celebró en nuestro país; un pantalón de chándal gris oscuro
cubierto de bolitas debido a sus múltiples pasos por la lavadora;
mis zapatillas de deporte de uso diario con las suelas tan lisas por
el desgaste que hace como mes y medio provocó que, en una lluviosa
mañana, resbalase y me diese un leñazo de la hostia contra el suelo
mojado del patio de mi edificio —el moretón en el muslo me duró
tres semanas. Aquel cardenal era tan ostentoso que yo creo que era
hasta papable—; y, por último, cubriendo mi cabezota, una gorra de
color azul de propaganda.
—¿No
pensarás salir así, verdad? —me dijo, poniéndose en lo peor.
—¿Qué
tiene de malo? —respondí.
—Coño,
Pedro. Te pareces a tu abuelo.
—No,
si te parece me voy a parecer al tuyo —me defendí.
El
chiste está en que mi abuelo y el suyo son el mismo. No obstante, al
igual que cuando en un matrimonio el hijo de ambos hace algo malo y
uno de los cónyugues le suelta al otro en plan reproche: “Mira lo
que ha hecho TU HIJO” en vez de NUESTRO HIJO, cada vez que yo hago
algo reprobable —generalmente relativo a mi forma de vestir o
ciertas costumbres digamos “viejunas”—, mi hermana no duda en
echarme a la cara lo de mi ancestro por vía materna, dicho así, a
medio camino entre la acusación y el reproche.
Y
es que nuestro abuelo no se distinguía precisamente por su buen
gusto al vestir. Y yo, al igual que él en su día, nunca me he
llevado demasiado bien con las modas.
Tengo
alma de viejo, lo reconozco. O de rebelde con causa. Y la tengo desde
que era pibe.
Cuando
iba al cole, allá por los 80 del siglo pasado, los chavales de mi
edad usaban gomina para el pelo, que se aplicaban para hacerse toda
suerte de peinados molones de los que se llevaban entonces —con la
raya en medio, peinado hacia atrás, con marcado tupé, de punta, con
una medio cresta, etc—.
Yo,
Tauro como yo solo, no usaba gomina ni aunque me matasen. Es más, ni
siquiera me peinaba. Dejaba que mi pelo creciese rebelde y sin una
dirección fija alrededor de mi cabeza. Luego, con dieciséis o
diecisiete años, en plena adolescencia, me lo dejé largo, en plan
melena rockera que me llegaba hasta los hombros. ¡Qué tiempos
aquellos! Aún hoy, al ver algunas fotos de aquella época, no puedo
evitar sentirme invadido por un ataque de nostalgia, de un tiempo que
fue y que nunca más volverá a ser. Mecachis.
Hoy
día, pasados los cincuenta, tengo más pelo en el interior de la
nariz que en la cabeza. Me cabrea tanto esta situación que, en
ocasiones, me sorprendo a mí mismo gritándoles: “¡Eh, tíos!, ¿por qué no subís hasta la cocotera y dejáis de
hacerme cosquillas en la narizota, jodidos capullos?”.
El
maldito paso del tiempo. Cagonlaleche.
Mi
rebeldía no sólo ha tenido que ver con mi aspecto físico y mi
dudoso gusto a la hora de vestir. Ya desde muy jovencito he sido como
un verso suelto en determinadas áreas dentro de los diversos grupos
a los que he pertenecido. Nunca me he sentido cómodo siguiendo las
modas. De hecho, me he sentido siempre mucho más cómodo yendo a la
contra.
Ejemplos
de esto tengo muchos. Por ejemplo, el cine o la televisión. Cuando
tenía dieciocho o diecinueve años, mientras a la peña le iban las
comedias juveniles del momento, las pelis de acción o de terror, o
el cine de Almodóvar (que detesto profundamente), a mí me iban más los clásicos en
blanco y negro, el cine de Woody Allen o los Monty Python,
o series como Las chicas de oro o Matrimonio con
hijos.
Cuando
en la primera mitad de los 80 la gente de mi edad cayó rendida a la
música y la moda de La Movida y el pop de la época, yo
flipaba con la música rock de los 70 y el heavy de los 80.
En
los 90 hubo otra moda que arrasó en el mundo entero: el grunge. No
sólo fue un movimiento musical que hizo temblar los cimientos de la
industria de la música (todas las majors buscando como locas a los
nuevos Nirvana), sino que también dejó su huella en el cine
y la moda. De repente, a toda la peña les dio por ir vestidos con
camisas de franela tipo leñador, vaqueros rotos, prendas
superpuestas y de segunda mano, y botas militares. Completaban el
look una barba de tres días —para los tíos—, y pelo desmañado
y multicolor —para las tías—. Grupos como Nirvana, Pearl
Jam o Soundgarden, arrasaron en ventas y, de paso,
arramblaron con todo lo que había antes de ellos: el hard rock, el rock clásico, el glam rock o
hair metal, el heavy.
Supongo
que sobra decirlo, pero yo no sucumbí a esa moda. De hecho, me
aparté de todo eso lo más que pude y dirigí mi atención hacia el
jazz, el blues, cierta clase de pop y la música clásica.
Pero
ya sabéis cómo va esto de las modas: en uno o dos años ya hay una
nueva moda que sustituye a la anterior, y que acaba jubilando a la
que le precede. Así de volátiles somos los seres humanos. O, al
menos, lo son la mayoría. Y el grunge, y todo lo que lo rodeaba, de
repente desapareció tras la muerte de Kurt Cobain, líder de
Nirvana.
Paradójicamente,
treinta años más tarde, ahora que peino canas donde el pelo aún no
ha decidido darse el piro, me hallo descubriendo todo aquello que me
perdí en su día por pura cabezonería, y disfrutando como un enano
con grupos y discos de gente como Nirvana, Soundgarden,
Alice in Chains, Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers,
Stone Temple Pilots o Jane's Addiction. ¡Quién me lo
iba a decir a mí! Supongo que ahora que ya está pasado de moda, es
como si mi subconsciente me susurrase al oído: “Ahora es el
momento, chaval” (si se dirige a mí en esos términos, a pesar de
mi edad, es porque mi subconsciente me adora. Normal. Llevamos juntos
la tira de años).
En
cualquier caso, nunca me he llevado demasiado bien con los gustos
mayoritarios. Algo de rebeldía hay en ello, lo reconozco. Y de
placer atávico por llevar la contraria, también. Pero no es pose,
ni ganas de joder la marrana o hacerme el interesante. Para nada.
Simplemente me sale así. Sin pensar. De manera natural.
Yo
creo que es algo genético, pues mi abuelo también era muy parecido
a mí en ese sentido. O yo muy parecido a él. A mi querido abuelo
siempre se la sopló la opinión de los demás. Le importaba un
carajo lo que pensaran de él. Él iba a lo suyo, hacía y decía lo
que quería, y si te gustaba, bien, y si no te gustaba, pues también.
Lo
que no soportó nunca fueron las injusticias. Ni las mamonadas.
Siempre se mostró bastante beligerante con eso. Y yo, de algún
modo, he heredado eso de él.
Así
que, cada vez que mi hermana me suelta eso de “te pareces a tu
abuelo”, en vez de tomármelo a mal, simplemente sonrío y, mirando
al cielo, le lanzo un guiño al hombre que más admiración y respeto
ha despertado en mí desde que era un crío.