miércoles, 6 de mayo de 2026

REBELDE CON CAUSA (VIEJUNA)

  

A mi hermana se la llevan los demonios cada vez que me ve salir a la calle vestido de cualquier manera.

Hace poco vino a mi casa. Quería que la acompañase a un centro comercial a comprar unas latas de pintura para unas reformas que quiere hacer en su piso. Cuando me vio listo para salir de casa se le cayó el alma a los pies.

¿En serio vas a ir así vestido?

Así vestido” consistía en: una camiseta de un azul desgastado con un descolorido estampado promocionando el mundial de basket de 2014 que se celebró en nuestro país; un pantalón de chándal gris oscuro cubierto de bolitas debido a sus múltiples pasos por la lavadora; mis zapatillas de deporte de uso diario con las suelas tan lisas por el desgaste que hace como mes y medio provocó que, en una lluviosa mañana, resbalase y me diese un leñazo de la hostia contra el suelo mojado del patio de mi edificio —el moretón en el muslo me duró tres semanas. Aquel cardenal era tan ostentoso que yo creo que era hasta papable—; y, por último, cubriendo mi cabezota, una gorra de color azul de propaganda.

¿No pensarás salir así, verdad? —me dijo, poniéndose en lo peor.

¿Qué tiene de malo? —respondí.

Coño, Pedro. Te pareces a tu abuelo.

No, si te parece me voy a parecer al tuyo —me defendí.

El chiste está en que mi abuelo y el suyo son el mismo. No obstante, al igual que cuando en un matrimonio el hijo de ambos hace algo malo y uno de los cónyugues le suelta al otro en plan reproche: “Mira lo que ha hecho TU HIJO” en vez de NUESTRO HIJO, cada vez que yo hago algo reprobable —generalmente relativo a mi forma de vestir o ciertas costumbres digamos “viejunas”—, mi hermana no duda en echarme a la cara lo de mi ancestro por vía materna, dicho así, a medio camino entre la acusación y el reproche.

Y es que nuestro abuelo no se distinguía precisamente por su buen gusto al vestir. Y yo, al igual que él en su día, nunca me he llevado demasiado bien con las modas.

Tengo alma de viejo, lo reconozco. O de rebelde con causa. Y la tengo desde que era pibe.

Cuando iba al cole, allá por los 80 del siglo pasado, los chavales de mi edad usaban gomina para el pelo, que se aplicaban para hacerse toda suerte de peinados molones de los que se llevaban entonces —con la raya en medio, peinado hacia atrás, con marcado tupé, de punta, con una medio cresta, etc—.

Yo, Tauro como yo solo, no usaba gomina ni aunque me matasen. Es más, ni siquiera me peinaba. Dejaba que mi pelo creciese rebelde y sin una dirección fija alrededor de mi cabeza. Luego, con dieciséis o diecisiete años, en plena adolescencia, me lo dejé largo, en plan melena rockera que me llegaba hasta los hombros. ¡Qué tiempos aquellos! Aún hoy, al ver algunas fotos de aquella época, no puedo evitar sentirme invadido por un ataque de nostalgia, de un tiempo que fue y que nunca más volverá a ser. Mecachis.

Hoy día, pasados los cincuenta, tengo más pelo en el interior de la nariz que en la cabeza. Me cabrea tanto esta situación que, en ocasiones, me sorprendo a mí mismo gritándoles: “¡Eh, tíos!, ¿por qué no subís hasta la cocotera y dejáis de hacerme cosquillas en la narizota, jodidos capullos?”.

El maldito paso del tiempo. Cagonlaleche.

Mi rebeldía no sólo ha tenido que ver con mi aspecto físico y mi dudoso gusto a la hora de vestir. Ya desde muy jovencito he sido como un verso suelto en determinadas áreas dentro de los diversos grupos a los que he pertenecido. Nunca me he sentido cómodo siguiendo las modas. De hecho, me he sentido siempre mucho más cómodo yendo a la contra.

Ejemplos de esto tengo muchos. Por ejemplo, el cine o la televisión. Cuando tenía dieciocho o diecinueve años, mientras a la peña le iban las comedias juveniles del momento, las pelis de acción o de terror, o el cine de Almodóvar (que detesto profundamente), a mí me iban más los clásicos en blanco y negro, el cine de Woody Allen o los Monty Python, o series como Las chicas de oro o Matrimonio con hijos.

Cuando en la primera mitad de los 80 la gente de mi edad cayó rendida a la música y la moda de La Movida y el pop de la época, yo flipaba con la música rock de los 70 y el heavy de los 80.

En los 90 hubo otra moda que arrasó en el mundo entero: el grunge. No sólo fue un movimiento musical que hizo temblar los cimientos de la industria de la música (todas las majors buscando como locas a los nuevos Nirvana), sino que también dejó su huella en el cine y la moda. De repente, a toda la peña les dio por ir vestidos con camisas de franela tipo leñador, vaqueros rotos, prendas superpuestas y de segunda mano, y botas militares. Completaban el look una barba de tres días —para los tíos—, y pelo desmañado y multicolor —para las tías—. Grupos como Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden, arrasaron en ventas y, de paso, arramblaron con todo lo que había antes de ellos: el hard rock, el rock clásico, el glam rock o hair metal, el heavy.

Supongo que sobra decirlo, pero yo no sucumbí a esa moda. De hecho, me aparté de todo eso lo más que pude y dirigí mi atención hacia el jazz, el blues, cierta clase de pop y la música clásica.

Pero ya sabéis cómo va esto de las modas: en uno o dos años ya hay una nueva moda que sustituye a la anterior, y que acaba jubilando a la que le precede. Así de volátiles somos los seres humanos. O, al menos, lo son la mayoría. Y el grunge, y todo lo que lo rodeaba, de repente desapareció tras la muerte de Kurt Cobain, líder de Nirvana.

Paradójicamente, treinta años más tarde, ahora que peino canas donde el pelo aún no ha decidido darse el piro, me hallo descubriendo todo aquello que me perdí en su día por pura cabezonería, y disfrutando como un enano con grupos y discos de gente como Nirvana, Soundgarden, Alice in Chains, Pearl Jam, Red Hot Chili Peppers, Stone Temple Pilots o Jane's Addiction. ¡Quién me lo iba a decir a mí! Supongo que ahora que ya está pasado de moda, es como si mi subconsciente me susurrase al oído: “Ahora es el momento, chaval” (si se dirige a mí en esos términos, a pesar de mi edad, es porque mi subconsciente me adora. Normal. Llevamos juntos la tira de años).


En cualquier caso, nunca me he llevado demasiado bien con los gustos mayoritarios. Algo de rebeldía hay en ello, lo reconozco. Y de placer atávico por llevar la contraria, también. Pero no es pose, ni ganas de joder la marrana o hacerme el interesante. Para nada. Simplemente me sale así. Sin pensar. De manera natural.

Yo creo que es algo genético, pues mi abuelo también era muy parecido a mí en ese sentido. O yo muy parecido a él. A mi querido abuelo siempre se la sopló la opinión de los demás. Le importaba un carajo lo que pensaran de él. Él iba a lo suyo, hacía y decía lo que quería, y si te gustaba, bien, y si no te gustaba, pues también.

Lo que no soportó nunca fueron las injusticias. Ni las mamonadas. Siempre se mostró bastante beligerante con eso. Y yo, de algún modo, he heredado eso de él.

Así que, cada vez que mi hermana me suelta eso de “te pareces a tu abuelo”, en vez de tomármelo a mal, simplemente sonrío y, mirando al cielo, le lanzo un guiño al hombre que más admiración y respeto ha despertado en mí desde que era un crío.

 

 

 

6 comentarios:

  1. Ja, ja, yo tampoco he sido muy de seguir modas. De música, nada porque te confieso, aunque creo que ya lo he hecho alguna vez, que la música no es algo a lo que me dedique demasiado. Empecé a emplear mi tiempo libre en leer muy niña y cualquier ruido me distrae y me molesta desde siempre así es que la música nunca me acompañó. Y a todos esos grupos que comentas los desconozco o me suenan de oírselos a mis parejas que sí que han sido musiqueros (no sé si me acabo de inventar una palabra). En libros tampoco he seguido modas. Cuando un libro se hacía famosísimo, se me quitaban las ganas de leerlos y así, he tardado años en leer, por ejemplo, La conjura de los necios. En cuanto a ropa... siempre fui muy de conformar y así como mi hermana dio mucha guerra porque tenía mucho criterio y sabía lo que se llevaba en cada momento, a mí me la hacía mi madre y todo me gustaba. Me arreglo más y sigo más la moda ahora. A la vejez...
    Un beso.

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    1. Cada vez estoy más convencido del enorme poder de la genética. Cuando mi madre y mi hermana me acusan de parecerme a mi abuelo (generalmente enfadadas o disgustadas por algo que he hecho), no tengo argumentos para rebatirles nada. Sí que me parezco a él. Y cada día, me parezco más. Lo admito, lo tengo más que interiorizado, y, la mayoría de las veces hasta me hace sentirme orgulloso de ello. Incluso me río, por mi cabezonería en según qué cosas y casos. Eso no quiere decir que siempre acierte. Claro que me equivoco. Y muchas más veces de las que estaría dispuesto a admitir. Aunque, al final, con una medio sonrisa dibujada en el rostro y un encogerme de hombros, la mayoría de las veces me veo diciéndome a mí mismo: ¡Y qué más da!
      En fin, que cada uno es como es. Y mientras no le haga daño a nadie de manera consciente ni le joda la vida a nadie, ¿para qué voy a cambiar? ; )

      "La conjura de los necios" es una de las mejores novelas jamás escritas (según mi criterio, claro). Es como una cebolla, a cada nueva lectura descubres una nueva capa. Maravillosa.

      Un beso, Rosa.

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    2. Tienes toda la razón con La conjura de los necios. la segunda vez que la leí, me gustó más aún que la primera. Pero se puso tan de moda allá por los ochenta, al menos entre la gente que me movía que la leí por primera vez en 1995.
      Otro beso.

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    3. Afortunadamente, cuando yo la leí no estaba nada de moda. De hecho, me enteré de su existencia por la recomendación que me hizo el amigo de un amigo, al amparo de la barra de un bar con una cervecita en la mano. Eso fue durante un finde. A la semana siguiente me fui al Corte Inglés y me pillé la edición de bolsillo de Anagrama (que es la que aún conservo). Aquella lectura me cambió la vida. ; )

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  2. Estimado Pedro. Como dice el refrán: ande yo caliente, ríase la gente.
    De adolescente seguía, si no la moda exactamente, sí las tendencias de mi edad, aunque un tanto hippies, y también llevaba melena pero no tan larga como tú. Era un amante de los Beatles y de los Rolling Stones, nada excéntrico, más bien todo un clásico, hasta que me dio por la música de Jimmy Hendrix, Janis Joplin, etc. y desde ahí al jazz progresista. O sea, que, en cierto modo era un bicho raro, porque por aquella época los jóvenes españoles seguían mayoritariamente a los Brincos, a Fórmula V y a lo sumo a Los Bravos o a Los Canarios. Y cuando me dio por aprender a tocar la guitarra, cosa que no llegué a hacerlo con un mínimo de destreza, los vecinos decían "ahí a el hijo de la Encarna (mi pobre madre)", al parecer con un deje lastimero y a la vez alarmado.
    Y de mayor, o por lo menos desde que me casé, mi forma de vestir se la debo, en gran medida, a mi mujer, que tiene mucho mejor gusto que yo, je, je.
    Un abrazo.

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    1. ¡Qué rico es el refranero español, amigo Josep! : )
      Al vivir el tardofranquismo en los 60's, con nuestro país disfrutando de una cierta apertura hacia el exterior, me imagino que la oferta cultural sería mucho más rica y variada que la que se vivió en las décadas precedentes. Eso ampliaba las opciones, y no limitaba a la juventud a sota, caballo y rey, haciendo que los jóvenes fuesen clones de sus padres. Supongo que esa explosión de color y medio libertad hizo de tu juventud algo más disfrutable. Viviste a Hendrix y Joplin en su máximo apogeo (68-70), y los Rolling cuando valían la pena, y no como en los 80's que, a mi juicio, la cosa degeneró de manera alarmante (en los 90's me devolvieron la esperanza con "Voodoo lounge", aunque nunca alcanzaron los picos de sus discos de los 60 y 70. En fin, cosas mías).

      Al menos en tu caso te has dejado aconsejar por tu mujer. Yo ni por esas. Lo han intentado, pero, al final la cabra siempre tira al monte, y ya sea por aburrimiento o por evitar discusiones absurdas, siempre me han acabado dejando ir a mi bola. Ya me dan por imposible. Pobres. : (

      Un abrazo.

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