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miércoles, 4 de noviembre de 2026

MI VIEJA LIBRETA

Una de mis viejas libretas de notas (foto propia)

 

Acabo de estrenar una nueva libreta de anotaciones. Eso me ha obligado a desprenderme de una de las libretas más veteranas que poseo. El espacio es un bien preciado cuando llegas a cierta edad, y la acumulación de objetos se torna contraproducente, a menos que aspires a ser un imitador de Diógenes, y que, además de acumular cosas, te dé por mostrarte de lo más laxo con la higiene, hasta el punto de acabar comido por la mierda.

Mi vieja libreta lleva conmigo desde 1992. Aún tiene el precio pegado en el dorso: 35 pesetas, es decir, unos 21 céntimos de hoy en día. Esa libreta es como de mi familia. Mi otra familia. Hasta me la he llevado conmigo de vacaciones en más de una ocasión, pues uno nunca sabe cuándo la inspiración decide hacerte una visita, y cuando eso ocurre mejor que te pille preparado. No han sido pocas las veces en que se me ha ocurrido alguna tontería en mitad de la noche, o mientras me doy uno de mis largos paseos, o mientras espero mi turno en la consulta de mi doctora de cabecera.

Siendo honesto, cada vez que acudo a la consulta de mi doctora es tanto el tiempo de espera que la última vez hasta me dio para escribir un ensayo de cuarenta y cinco páginas intentando descifrar el misterio que rodea a la clásica desaparición de calcetines dentro de los ciclos de lavado de las lavadoras domésticas. En aquel ensayo llegué a la inquietante conclusión de que los calcetines no se pierden debido a un despiste atribuible al ser humano, sino que dichas prendas acaban por migrar de manera voluntaria hacia otra dimensión. De hecho, tras una rigurosa investigación de algo más de cinco años, concluí que los millones de calcetines desaparecidos a lo largo de la Historia de la Humanidad permanecen, perfectamente amontonados, en una ubicación concreta del Reino de Narnia. Hasta le puse nombre al lugar: Calcetonia.

Volviendo a mi vieja libreta, en sus páginas garabateé ideas y bocetos que, con el tiempo, fueron creciendo y ampliándose hasta llegar a convertirse en piezas completas en forma de cuento corto o relato, llegando incluso alguna de ellas a formar parte de algunos de mis libros. No quiero ni pensar en lo que harían aquellas primeras anotaciones una vez yo cerraba la libreta y me iba a dormir. Bacanales de sexo gramatical, supongo.

Soy un romántico, y eso me ha llevado, en muchos momentos de mi vida, a establecer relaciones personales con objetos inanimados, dotándolos de sentimientos y actitudes típicamente humanos.

Yo no digo que ser romántico en este sentido me haga mejor persona, o más sensible que la media. Simplemente digo que, para mí, hay ciertos objetos a los que les guardo un cariño especial y con los que establezco una conexión muy cercana. Mis discos, mis pelis o mis libros, por ejemplo, no son sólo mis discos, mis pelis y mis libros. Son parte de mí. Son pedacitos de mi historia personal, pequeñas diapositivas mentales de momentos puntuales de mi vida.

Así que decidí desprenderme de mi vieja libreta. Pero antes de despedirme, quise tener una última charla.

—¿Qué tal todo, vieja amiga?

—Bien, Pedro. ¿Sabes qué?, aún no me creo que hayan pasado treinta y cuatro años desde que me estrenaste. Treinta y cuatro años, que se dice pronto.

—¿Treinta y cuatro? ¿En serio?

—Y tanto.

—Dios, ¡cómo pasa el tiempo!

—Aquí hiciste tus primeros esbozos de Domingo Ventura.

—¿Quién es Domingo Ventura?

—Domingo fue el protagonista de tu primera novela, aquella que presentaste al concurso de novela convocado por Alba Editorial y el periódico La Provincia, ¿no te acuerdas?

—¡Ostras, es verdad! Ya casi lo había olvidado por completo. Por el amor de Dios, has hecho que me ruborice.

—¿Por qué?

—Por lo mala que era aquella novela.

—La idea no era mala, pero tú aún estabas muy verde. Aún no habías encontrado tu voz, tu estilo, ese sello personal que ahora posees y que por aquellos años ni siquiera sospechabas que llegarías a alcanzar algún día. Recuerda que por aquellos años tú aún estabas muy influenciado por el realismo mágico y la literatura latinoamericana. Acuérdate de todas aquellas novelas de Isabel Allende, García Márquez, Juan Rulfo o Vargas Llosa que leías de manera compulsiva en la intimidad de tu cuarto. O la trilogía Océano de Alberto Vázquez-Figueroa. Te pasabas horas y horas imbuido en aquellas lecturas, empapándote de todo aquello.

—Cierto. Lo había olvidado. Me pasaba horas perdido entre aquellas páginas, estimulando mi imaginación y fantaseando con que, algún día, yo también viviría de lo que escribiese.

—De ahí surgió aquella primera novela, que trataba sobre un viejo canario exiliado durante el franquismo a Cuba y que, en los últimos años de su vida, estableció una relación de íntima amistad con un joven cubano al que instruyó prestándole sus libros. Y de tanto hablarle de la hermosa tierra que había dejado atrás cuarenta y tantos años antes, prendió en el muchacho el deseo de salir de Cuba y venirse a vivir a Canarias, cerrando de este modo el círculo.

—Recuerdo la crítica que me hizo la hermana de una buena amiga de entonces. Aquella chica, lectora compulsiva, me hizo ver la cadena de errores que jalonaban aquel primer intento. ¡Y cuánta razón tenía! Me dio mucha vergüenza constatar por mí mismo todas las cagadas que había cometido. Menos mal que el Dios de la Literatura quiso evitarme el bochorno de que aquella primera novela llegase a ser leída por lectores profesionales, ya que a los pocos días de haber sido entregada en la sede de La Provincia me fue devuelta por un defecto de forma.

—¿Qué defecto de forma?

—Te vas a reír. Resulta que en las bases del concurso se establecía un número mínimo de folios, y como mi novela no llegaba a ese mínimo lo que hice fue aumentar el tamaño de letra y doblar el interlineado. Aquello parecía escrito para ser leído por Mr. Magoo. Las letras eran enormes.

—Eso demuestra lo naif que eras entonces.

—Y tanto. Así y todo, aprendí mucho de aquella amarga experiencia.

—No todo fue malo, hombre. Entre mis páginas hay escritas algunas líneas bastante buenas, lo cual indicaba que, aún a pesar de estar en pañales, en ti había madera de escritor. Hoy, viendo tu evolución desde aquellos lejanos días, no puedo por menos que sentirme tremendamente orgullosa de ti, y de lo mucho que has trabajado para encontrar tu voz, tu sello, tu impronta, en todo lo que escribes.

—La mayoría de las veces me cuesta explicar los lazos que me unen a vosotros. Para mí sois más que objetos inanimados.

—Lo sabemos. Y te lo agradecemos. No todo el mundo llega a semejante nivel de complicidad con sus cosas.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Que, a pesar de tu más que merecida jubilación, te voy a conservar. No quiero perder ese lazo que me une a ese pequeño trocito de historia que anida entre tus páginas. Así, cada vez que abra tu cubierta y me sumerja entre tus páginas, volveré a ser ese joven lleno de ideas que soñaba con convertirse algún día en escritor.

—Gracias, Pedro.

—Gracias a ti.


Hasta el próximo miércoles.