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| Foto de Nuzree bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons |
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De manera harto sorprendente el mosquito cumplió su palabra, y no volvió a hacer acto de presencia en las horas que permanecí en casa de Boris. De este modo, no sólo pude echarme un sueñecito de una hora o así, sino que Boris y yo pudimos seguir trabajando en el guión hasta bien avanzada la tarde.
Al caer la noche, Boris me bajó a mi casa en su coche. Cuando crucé el umbral de mi domicilio estaba tan cansado que solté la mochila en el suelo y me fui directo a la ducha. Estaba reventado.
Luego de una reconfortante ducha me preparé algo de cenar, vi un poco de televisión, para distraer la mente y, a eso de las once de la noche, decidí echarme a dormir.
No llevaba ni dos minutos con los ojos cerrados cuando, de repente, oí un zumbido que me resultó de lo más familiar.
—No puede ser —pensé.
Encendí la luz de la mesita de noche y, ¿a quién me encontré? ¡Exacto!, a mi antiguo amigo «el mosquito gay».
—¿Se puede saber qué haces aquí? —le espeté.
—Hola, Pedro.
—Te he hecho una pregunta. ¿Qué haces aquí?
—Yo también me alegro de verte —contestó él con ironía.
—¿Cómo has venido hasta aquí?
—Me colé en tu mochila.
—¿En mi mochila?
—Eso es.
—Pero, ¿por qué?
—Ya lo sabes. Porque estoy enamorado de ti.
—¡Venga ya, tío, no jodas!
—Eso quisiera yo. Pero tú no quieres.
—¡Pues claro que no quiero! Puede que tú seas gay. Francamente, me da igual lo que seas. Creo en la libertad de elección. Pero yo no soy gay. Soy hetero. ¿Lo entiendes? Hetero.
—¿Acaso no te gusto?
—Y dale. ¡No!
—Eso me ha dolido.
—¿El qué? ¿mi sinceridad?
—No. Lo tajante de tu aseveración. Ni siquiera has dudado.
—¿Y porqué habría de hacerlo? Tengo claras mis preferencias, así que no veo porqué tendría que mostrar duda alguna al respecto.
—Vale. Pasaré por alto tu brusquedad. Es lo que tiene el amor, que te ciega ante los defectos del ser amado. Incluso hace que esos rasgos, censurables en cualquier otro, se conviertan en gasolina para la pasión.
—Madre del amor hermoso... cuanto daño han hecho las telenovelas.
—Contéstame a esto. Y, por favor, sé sincero. ¿Por qué no te gusto?
—¿Has oído algo de lo que he dicho, majadero? Soy heterosexual. ¿Entiendes eso? Me gustan las mujeres. Única y exclusivamente. Y con mujer me refiero a una hembra humana.
—¿Y nunca has pensado en experimentar? ¡Todo el mundo lo hace!
—Yo no soy como todo el mundo.
—Pero, ¿por qué no lo pruebas?
—Pues porque no necesito hacerlo.
—¿Y cómo puedes saber que algo no te gusta si no lo has probado antes?
—Porque soy un tipo muy inteligente, muy intuitivo y muy sabio. Y a estas alturas de mi vida sé distinguir perfectamente lo que me gusta de lo que no.
—¡Hala! Inteligente, intuitivo y sabio. ¿Tú no tienes abuela, verdad?
—Por desgracia, no. No tengo.
—A propósito, ¿recuerdas aquella vez en París, en casa de tus amigos? Ya sabes, la vez en que estando cinco personas en la misma habitación te picó un mosquito sólo a ti, dejando al resto con la piel inmaculada. ¿Lo recuerdas?
—No me irás a decir que fuiste tú.
—No. Fue mi primo: Philippe Antoine.
—Vaya hombre.
—Es mosquitero, ¿sabes?
—¿Qué es un mosquitero?
—Un mosquito que practica la esgrima y usa florete.
Venga ya. ¿De verdad estaba siendo vacilado por un maldito mosquito sabiondo? Aquello ya estaba pasando de castaño oscuro.
Un tenso silencio se estableció entre ambos. Yo me masajeaba el cuello y aprovechaba para cerrar los ojos. El problema es que, al cerrar los ojos, el sueño reclamaba su tributo, lo que, francamente, resultaba contraproducente.
El cansancio caía a plomo sobre mi cuerpo y mi espíritu. Necesitaba dormir. Pero, ¿cómo dormir sabiendo que había un mosquito en mi habitación? Imposible. Jamás he podido hacerlo. Para poder dormir necesitaba matar antes a aquel bicho.
El problema es que ya lo había tratado personalmente, y eso lo cambiaba todo. ¿Cómo matar a alguien a quien ya conoces? Mi conciencia volvía a jugármela. ¿Por qué no podía ser yo como un político o un banquero, capaz de hacer callar la voz de mi conciencia a voluntad?
—A propósito —intervino el mosquito mariquita rompiendo el silencio—, mientras estuve encerrado ahí dentro tuve tiempo de leer algunos de los apuntes que tienes en ese bloc que guardas en tu mochila. He de decir que tienes algunas ideas realmente interesantes.
—Er... gracias.
—No hay de qué. Escribes muy bien. ¿Has pensado en presentarte a algún concurso literario?
—Ya lo he hecho. Varias veces.
—¿Y?
—Nunca gané nada.
—¡No me lo puedo creer!
—Pues créetelo. Me he presentado a concursos de obras de teatro, de cuentos cortos y hasta de novela. Pero nunca pasó nada. Ni siquiera llegué a estar entre los finalistas. Eso no hacía sino alimentar mis sospechas.
—¿Qué sospechas?
—Que la mayoría están amañados. Y los que no están amañados están condicionados, ya sea por consignas internas, por oscuros intereses comerciales o políticos o por prebendas igual de oscuras y siniestras.
—Piensas eso porque nunca has ganado ninguno.
—Es posible. Tal vez mi resentimiento hable por mí. Al fin y al cabo sigo siendo humano. Y como cualquier ser humano, soy imperfecto. No espero que lo entiendas.
¿En serio estaba manteniendo una conversación de semejante calado con un mosquito? ¿En qué momento de mi vida he caído tan bajo como para no saber distinguir realidad de ficción? Porque no me negaréis que el hecho de poder mantener una conversación más o menos lógica con un insecto entraría de lleno en el terreno de la fantasía. ¿Me estaré volviendo estúpido con la edad? ¿Será este el principio del fin? No lo descarto.
Mi natural pesimismo siempre un par de pasos por delante. Aunque, por aquello de ver algo de luz al final del oscuro túnel en el que me hallaba sumido, igual la falta de sueño y el cansancio sean realmente los responsables de que me haya abandonado a la irrealidad, y que una vez descanse cuerpo y mente consiga transitar de nuevo por el luminoso terreno de la cordura.
—¿En qué piensas?
—En que estoy muy cansado y necesito dormir. Y tú no me estás facilitando la tarea. Más bien me la complicas.
—Entonces, ¿no quieres probarlo siquiera un poquito?
—¿Probar el qué?
—A besarme.
—¡Lárgate de una vez! —exclamé realmente enfadado.
—Eres muy cruel, ¿sabes?
—¿Cruel? ¿Por qué soy cruel? ¿Porque no deseo corresponder al amor que un mosquito gay siente por mí?
—Los mosquitos gays también tenemos sentimientos, ¿sabes?
—¿Y?
—Pues que, al igual que vosotros, los seres humanos, también nosotros necesitamos de afecto y cariño. Y amar y que nos amen.
—Anda y que te den.
—No hace falta que seas tan soez.
—¿Quieres hacer el favor de largarte y dejarme descansar, fatiga, que eres un fatiga?
—Está bien. Me iré. Porque te amo.
—Lo que tú digas. Pero lárgate, ¿quieres? Necesito dormir.
—¿Me escribirás?
—¿Escribirte? ¿Adónde?
—Tengo cuenta en Facebook.
—¿En serio?
—Absolutamente. Toma nota. Mi cuenta en Facebook es MOSQUITA MUERTA. Tengo una foto en la que salgo posando con una parca de plumas y estoy monísimo de la muerte. Y otra en la que salgo posando en la orilla de una charca. Aunque ahí te confieso que estoy un poco fondón, casi ridículo. Dime, ¿me agregarás a tu grupo de amigos?
—Me lo pensaré.
—No me vale. Necesito un compromiso por tu parte. Sólo así te dejaré en paz.
¡Qué pesado! El dichoso mosquito me estaba cargando de veras. No sabía cómo quitármelo de encima. Yo estaba reventado. Recordad que apenas había dormido una hora en las últimas veinticuatro y me había pasado buena parte del día trabajando en el guión, por lo que el desgaste mental incidía de forma determinante en mi cansancio físico y psíquico. Obviamente, lo último que deseaba era enfrascarme en una discusión interminable con un insecto.
Viendo que el mosquito no me iba a dejar en paz, decidí contraatacar.
—¿Sabes qué? Tienes razón. Creo que debería probar cosas nuevas.
—Pues claro, hombre. Abajo los conceptos arcaicos y restrictivos. Viva la experimentación. Liberemos nuestros cuerpos y espíritus de los corsés mentales y los prejuicios pasados de moda. Ya verás lo bien que nos lo vamos a pasar tú y yo.
—He decidido probar a comer insectos —anuncié.
—¿Qué?
—He leído que tostados están muy ricos. Empezaré por los saltamontes. Y, ¿quién sabe? Tal vez un día de estos me coma un buen plato de mosquitos a la plancha rociados con especies.
—Vale. Lo pillo. Me voy zumbando.
Y lo hizo. Se fue. Por fin.
Entonces apagué la luz de mi mesita de noche y, por si acaso, conecté el antimosquitos a la corriente eléctrica. A mi edad no debes fiarte de nadie. Y mucho menos de un mosquito gay.

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