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| Imagen de Tweazel bajada de Pixabay bajo licencia Creative Commons |
Hace tiempo hablé en este mismo blog de las accidentadas circunstancias que rodearon mi primera incursión en el mundo del cine, durante el rodaje de un cortometraje en forma de falso documental cuyo guión escribí.
Además de este guión, en los meses previos había estado trabajando con mi amigo Boris en la escritura de otro guión para un proyecto mucho más ambicioso. Lo que había empezado como un pequeño boceto para un corto acabó transformándose en un guión para un mediometraje. La historia iba de un olvidado científico alemán afincado en Gran Canaria que había protagonizado frecuentes y exitosos encuentros con seres de otros planetas allá por los años 50 del siglo pasado.
Preso de la excitación —me suele ocurrir siempre que un proyecto me entusiasma—, mi mente no paraba de parir ideas, a cual más absurda. La mayor parte eran imposibles de llevar a la práctica, habida cuenta de nuestra escasez de medios y recursos económicos. Sin embargo, ello no era óbice para que mi mente siguiese pariendo chorradas de lo más locas y descabelladas, como la de una joven campesina semianalfabeta, paciente de un psiquiátrico un tanto siniestro, a la que de repente le da por empezar a hablar en perfecto alemán, que es el idioma empleado por los extraterrestres para comunicarse con los habitantes de la Tierra.
En plena fiebre creativa, Boris me sugirió que subiese a su casa a seguir escribiendo el guión. Su casa, un remanso de paz y tranquilidad ubicada en mitad de la naturaleza y rodeada de una vasta extensión de terreno, se mostraba ideal para escribir sin molestas interrupciones. O eso pensaba yo.
Al poco de estar allí, pronto se hizo evidente que no estábamos solos. A pesar de vivir en mitad de la nada, un inesperado okupa vino a colarse entre nosotros sin ser invitado. Se trataba de un molesto mosquito que, vete tú a saber porqué, se había encaprichado conmigo.
Por aquellos días, poseído por una poderosa fuerza creativa que me empujaba a sacar de dentro el torrente de ideas que pugnaban por salir a la superficie, incluso llegué a escribir un pequeño diario, donde iba detallando aquellas cosas que, al margen del guión, merecían ser recordadas.
Hoy, en un ejercicio de nostalgia, he desempolvado parte de aquellas breves notas y las muestro aquí por primera vez.
DIARIO DE MIS SESIONES DE ESCRITURA PROYECTO DOCTOR WAISMANN
Hace unos días volví a pasar la noche en casa del director del proyecto. Y, como la vez anterior, un maldito mosquito volvió a estropearme el sueño en mitad de la madrugada. Y eso que allí hacía un frío del carajo. Tenía entendido que la mayoría de los mosquitos reducen su actividad cuando la temperatura cae de los 15 °C, e incluso dejan de volar y dar por saco por debajo de los 10 °C. De ahí mi extrañeza ante aquella molesta presencia.
Así que, una vez desvelado, me pasé un buen rato hablando conmigo mismo, como un loco desquiciado.
«¿Será posible que me pase esto a mí? Otra vez un dichoso mosquito. ¿Y si resulta que es el mismo de la otra noche? ¿Es que este bichejo no tiene frío? ¿Qué verá en mi sangre que le atrae tanto? Espera un momento. ¿Y si no es mi sangre realmente lo que le atrae de mí? ¿Y si resulta que en realidad se trata de un mosquito mariquita? Eso sería aún peor. Prefiero mil veces que ese mamón me chupe la sangre a que me chupe otra cosa».
Como se puede deducir, no pude pegar ojo en toda la noche. Una cosa está clara: definitivamente estoy reñido con la naturaleza. Ahí tienes otra razón más por la que jamás podría irme a vivir al campo. Seguro que si lo hiciese acabaría mis días devorado por una feroz manada de jabalíes. O peor aún: devorado por una feroz manada de jabalíes mariquitas.
Tras darle varias vueltas, al final no tuve más remedio que dormir con la almohada estratégicamente colocada entre las piernas, a fin de preservar en lo posible mi integridad sexual. Temía que aquel mosquito del demonio acabase colándose subrepticiamente por entre las sábanas y consumase su pérfido plan.
Llamadme homófobo si queréis. Honestamente, me da igual. Pero lo cierto es que no me sentía nada cómodo poniéndole el culo a tiro de piedra a un mosquito mariquita.
Al final, entre que no dormí y me mostré ojo y oído avizor, y que me pasé buena parte de la noche con el cuerpo completamente cubierto bajo las sábanas, logré repeler el ataque de aquel merodeador nocturno.
Eso ocurrió el martes. El miércoles, es decir, a la mañana siguiente, teníamos bastante trabajo por hacer. Aún andábamos dándole vueltas al argumento de aquel proyecto que iba creciendo y creciendo sin parar. Mi problema es que, como no había podido pegar ojo en toda la noche, por culpa del mosquito mariquita, me sentía como un zombie: medio dormido y torpón.
A pesar de mi estado semicatatónico —o quizás gracias a él, pues en esto de la inspiración nunca se sabe—, conseguí escribir algunos chistes buenísimos y un nuevo giro argumental. Cuando le leí a Boris lo que había escrito se partió de la risa. De hecho, nos pasamos un buen rato partiéndonos de la risa, imaginando cómo quedaría la escena una vez filmada.
Esta es, quizás, la mejor parte de escribir, cuando al fin lo compartes con alguien y ves que lo que has escrito funciona. No siempre es así, por lo que cuando ocurre que los astros se alinean y todo funciona como un reloj te sientes pleno, satisfecho, feliz y orgulloso de tu trabajo.
Aprovechando un receso, en el que Boris salió de la casa a ocuparse de los perros, intenté echarme una cabezadita. Prácticamente me había pasado toda la noche en vela, por lo que mi cuerpo y mi cerebro, agotados ambos, me reclamaban descanso.
Echado en el sofá cuan largo soy, con la cabeza cómodamente reposada sobre uno de los apoyabrazos, cerré los ojos y me dejé ir. No llevaba ni treinta segundos con los ojos cerrados cuando escuché un molesto y familiar zumbido transitando de oreja a oreja en dolby surround.
Exactamente lo que estáis pensando: se trataba del mosquito mariquita. Pero esta vez, lejos de asustarme, decidí razonar con él.
—Oye tío, ya empiezo a mosquearme contigo —le solté de entrada.
—¿Y eso? —dijo él.
—Cada vez que vengo a esta casa no haces sino acosarme.
—¿Acosarte?
—Sí. Acosarme. Dime la verdad, tú eres un mosquito mariquita, ¿no es cierto?
—No. No lo soy.
—Sí. Sí que lo eres.
—Bueno, sí. Lo soy. Pero sólo un poquito.
—¿Cómo que un poquito? O se es gay o no se es gay. Nadie puede ser un poquito gay.
—No creas. Hay mucho gay al que le gusta nadar en la indefinición. La mayoría suelen trabajar en puestos directivos de grandes corporaciones de imagen ultraconservadora o en el mundo eclesiástico.
—Pero tú ni trabajas de directivo en una gran corporación ni eres cura. ¿O me equivoco?
—Vale. Me has pillado. En realidad, yo soy un little gay.
—¿Un little gay? ¿Qué diablos es un little gay?
—Lo que vosotros soléis llamar un mariquita, sólo que dicho en inglés, que queda más guay.
Vaya por Dios. Y para colmo nos ha salido un pelín redicho, el puto bicho este. Si encima me suelta que le mola la cultura kitsch y que le encantan grupos de La Movida tipo Alaska y los Pegamoides y el cine de Almodóvar, le suelto una hostia con la palma de la mano abierta que lo dejo estampado en la pared.
—¿A ti no te gustará el cine de Almodóvar, no?
—¿Acaso me tomas por un hortera? No. No me gusta Almodóvar. ¿Has visto la mierda de peluca que le encasquetaron a Toni Cantó en Todo sobre mi madre? Ridícula es poco. Yo soy más de Woody Allen y Stanley Kubrick, y de clásicos del cine en blanco y negro: John Ford, Billy Wilder, John Houston, Mervin LeRoy, Cecil B. DeMille, Nicholas Ray, George Stevens, William Wyler. En fin, la crema.
Vale. De la que te has librado, colega.
—Oye, quisiera pedirte un favor —le dije al mosquito.
—Dispara.
—Anoche, por tu culpa, no pude pegar ojo. Me pasé la noche en vela, temiendo un ataque por tu parte. Estoy deshecho.
—Vaya. Lo siento.
—Así que te propongo lo siguiente: ¿puedes darme una tregua para que yo pueda echarme una cabezadita? Con una hora me será suficiente. Ya sabes, para recargar pilas. Lo único que te pido es que en el tiempo que duerma te largues a dar una vuelta por ahí; no sé, ve a ver si pillas algo por ahí fuera, y así yo podré desconectar, sabiendo que no me atacarás mientras duermo.
—Me parece razonable. Te doy mi palabra de mosquito que no te molestaré en una hora.
—Gracias.
—De nada.
Y diciendo esto, el mosquito mariquita se fue zumbando al exterior de la casa.
Sin embargo, ésta no sería la última vez que sabría de él...
(continuará)
Hasta el próximo miércoles.

Yo soy un acérrimo enemigo de los mosquitos, sean o no mariquitas, aunque estos últimos nunca me han dado por.... Pero el caso es que, aunque esté doeado de otras personas, amigos o familiares, si hay alguno por el entorno, solo me pican a mí. E
ResponderEliminarContinuación, pues no he podido eliminar el comentario anterior. Decía que este verano, sin ir más, lejos, cada día, y repito cada día, me encontraba con más de una picadura en las piernas, especialmente en los tobillos (vete tú a saber por qué esa predilección), mientras que el resto del personal estaba inmaculado. Claro que este verano ha hecho mucho calor y mucha humedad. Pero los mosquitos que pican son las hembras, los machos se dedican a otros menesteres herbívoros, o sea que bien pensado no podían ser mariquitas los que me atacaban sin descanso ni piedad.
ResponderEliminarEntiendo muy bien que, ante semejante especie de mosquito, no pudieras pegar ojo, pero espero que, por lo menos, no perdieras la inspiración. Para saberlo, tendré que esperar a la próxima entrega, je, je.
Un abrazo.
Saludos, Josep.
EliminarPor lo que me cuentas ambos compartimos "padecimiento mosquetil", ya que yo también soy propenso a picaduras de mosquitos. Te contaré una anécdota. Hace años, pasando unos días en casa de unos amigos que vivían en un bonito adosado a las afueras de París, nos pasamos la noche jugando a un juego de mesa, con los ventanales que daban al jardín abiertos de par en par. Pues bien, en aquella calurosa noche parisina se nos coló un mosquito en el salón. Éramos cinco personas en la estancia, o sea, que había sangre donde elegir. ¿Puedes creer que el muy cabrito o cabrita se cebó únicamente conmigo? No picó a nadie más, pero a mí me masacró. ¡Ya me gustaría a mí ejercer semejante atracción con otra clase de hembras, y no con las dichosas y fastidiosas mosquitas! La madre que las parió. :P
Un abrazo, Josep.
Pues quedo a la espera de la segunda parte. Estaré atenta mañana miércoles porque el gadget de blogs favoritos no se actualiza. No esa que no actualice un blog (me ha pasado con el tuyo varias veces) es que no actualiza ninguno. Tuve que actualizarlos manualmente, pero creo que solo sirvió una vez, sigue parado hace un montón de horas.
ResponderEliminarMe ha parecido muy divertido el relato. Los mosquitos son terriblemente molestos, maricas o no. Yo tengo la casa llena de aparatos de ultrasonidos que los espantan y mosquiteras en las ventanas y aun así, alguno se cuela de vez en cuando.
Un beso.
Saludos, Rosa.
EliminarLo mío con los mosquitos es fobia enfermiza. Yo soy de los que, si en mitad de la noche me invade un zumbido de mosquito, no vuelvo a pegar ojo hasta que no localizo al mosquito y lo aplasto. Alguna vez sí que se me ha escapado alguno (son rápidos como el demonio), y me he visto en la tesitura de tener que dormir tapado con las sábanas de la cabeza hasta los pies, como una momia. Obviamente llega un momento que el cansancio puede más que el miedo, y acabas quedándote completamente frito y destapado. A la mañana siguiente me he visto rascándome en las zonas de las picaduras.
Mañana publico la segunda y última parte.
Un beso, Rosa.