miércoles, 30 de septiembre de 2026

MI BIOGRAFIA ENTRE FOTOGRAMAS

 

Imagen de Woody Allen de su película "Toma el dinero y corre"


Nací en una película de Woody Allen. Hace muchos años de eso. Tantos, que ya ni me acuerdo. Tampoco merece la pena hacer un esfuerzo para recordarlo, ya que los recuerdos, en el fondo, no son más que polvos de estrella en la memoria.

Crecí junto a mis caóticos Hermanos Marx, con los que jugaba y me divertía durante aquellos lejanos días de mi infancia. Sembrábamos el caos dondequiera que estuviésemos, desafiando cualquier autoridad que se atreviese a cortarnos las alas de la imaginación y la diversión. A nuestros vecinos Los Roper los traíamos de cabeza, con nuestros gritos y juegos desde la mañana a la noche. No parábamos.

De niño me gustaban mucho los trenes. Unas navidades nuestro abuelo nos regaló un tren eléctrico que tiraba de tres vagones, y unos raíles de plástico, cruzado con traviesas, que se acoplaban unos con otros y podías dibujar con ellos la ruta que quisieras. ¡Cómo nos los pasábamos de bien! A mí lo que más me gustaba era ser el Maquinista de la General.

A lo largo de mi vida he estado varias veces a punto de morir de aburrimiento. Pero gracias a mis entrañables amigos Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy logré sobrevivir al tedio más absoluto.

Ya de adulto llegué a trabajar de contable. Eso me transformó en alguien que no era, y, sin darme cuenta, me acabé convirtiendo en Ese señor de negro, eterno nostálgico de tiempos pasados, al que le costaba adaptarse al ritmo de los tiempos presentes, y miraba con cierta aprensión los tiempos futuros.

No pintaba bien la cosa, no. Me aburría, y ése, y no otro, es el mayor de los pecados. Y fue entonces que un día quiso el amigo Chaplin venir en mi ayuda, y con grandes dosis de humor y toneladas de ironía, al fin logré adaptarme a los Tiempos modernos.

Aprendí que, para sobrevivir a este mundo, hay que estar al tanto de las cosas. Hay que leer la prensa diaria, más que nada para que las mentiras de los unos y de los otros no te cojan desprevenido. Y gracias a la sabiduría, recubierta de mala baba y toneladas de cinismo de uno de mis mentores, Billy Wilder, convine que no merece la pena profundizar demasiado en las miserias humanas, y que un exceso de realidad podría volver loco al más cuerdo de los hombres. Así que lo mejor en estos casos es no malgastar el poco tiempo que tenemos haciéndonos mala sangre con cosas que no podemos controlar, y ahorrar tiempo y cabreos innecesarios quedándonos en la Primera Plana.

Por supuesto, soy de los que opinan que en la vida no todo va a ser trabajar y pagar impuestos, así que, de vez en cuando, me pongo el pijama, me calzo unas cómodas zapatillas de andar por casa, me preparo un cóctel y, cómodamente instalado en el sofá de mi casa, me dejo llevar hasta el interior de El guateque, de la mano de mi viejo amigo Hrundi V. Bakshi.

Invariablemente, y sin excepción en tantos años en tan grata compañía, me echo unas risas de lo más sanadoras, entre falsos disparos de cowboys de pega, rollos interminables de papel higiénico que no logran cortar la hemorragia de agua del inodoro, y un camarero borracho hasta las trancas haciendo de las suyas. Y en un momento dado me acabaré preguntando: “¿Y para qué servirá este botón?”, y yo mismo me responderé cuando, al ver como mi viejo amigo Bakshi acabe accionando el dichoso botón, se resuelva el misterio: “Está claro. Para sembrar el caos”. Y de nuevo las risas me reconciliarán con el género humano.

En la década de los 90's sufrí el primero de una serie de duros golpes emocionales y anímicos que casi me hunden en la miseria: la muerte de mi padre. Lo pasé realmente mal, y si logré salir adelante fue, en parte, gracias a las sesiones de terapia con el doctor Frasier Crane.

Recién estrenado el nuevo siglo empezaron a llegar a mi vida, una tras otra, crisis y más crisis; porque las crisis son como la energía, que ni se crea ni se destruye sino que se transforma, mudan de piel, y cambian de naturaleza, y así es como continúan su tarea de acoso y derribo sobre sus ocasionales víctimas. Pero el humor, una vez más, vino a salvarme la vida.

La depresión es un feo monstruo de aterradoras fauces. Carece de sentimientos, por lo que no conoce términos como piedad, empatía o clemencia. Si te tiene en el punto de mira ten por seguro que no dudará en ir a por ti, y no te dejará en paz hasta acabar contigo. O hasta que tú acabes con ella. Y eso hice, pues gracias a la divina intervención de mi colega Austin Powers, el Misterioso Agente Internacional, y su entrañable némesis el Doctor Maligno, logré derrotar a tan poderoso y cruel enemigo.

En la primera década de los dos mil empecé a recopilar un montón de ideas que había ido dejando escritas en libretas y agendas de todo tipo. Hasta que un día, animado por un par de amigos, decidí hacer algo con todo aquello y hacerlo público.

En 2014 di a luz un blog, convirtiéndome así en el primer varón en dar a luz un ser vivo sin tener útero. Todo muy absurdo. De hecho, era tan absurdo que a mi churumbel decidí bautizarlo con el nombre de Absurdamente. Y ahí sigo, doce años más tarde, dando rienda suelta a mi imaginación con intención de combatir el aburrimiento.

Y esta ha sido, a grandes rasgos, mi vida. Y soy lo que soy gracias a lo vivido. Y lo reído.

No creo demasiado en Dios. Y, de rezarle a alguien por la eterna salvación de mi alma, le rezaría a Woody Allen. No os quepa la menor duda. Y no lo haría para pedirle riquezas, ni posición, ni grandes posesiones. Lo único que le pediría, y lo haría de rodillas, y hasta haciendo el pino puente si fuese necesario, a pesar de mi sobrepeso y mi total falta de elasticidad, sería una única cosa: que, por favor, el sentido del humor no me abandone nunca, y que siga conmigo hasta el último de mis días.

Como habéis podido comprobar, mi vida ha transcurrido en su mayor parte entre fotogramas. Y la mayoría de esos fotogramas con la risa como protagonista. Y así continuará, hasta que llegue el día en que, en la gran pantalla de mi existencia, se muestren al fin, en grandes y vistosas letras de molde, las palabras con las que toda vida llega al final de su metraje: THE END.


1 comentario:

  1. Qué preciosa entrada, Pedro. Cuánto cine. No es el humor el género que más me gusta, pero me rindo a la genialidad de Woody Allen o a películas tan maravillosas y desternillantes como Arsénico por compasión, Con faldas y a lo loco, Sopa de ganso... Y tantas otras. A algunos, en comedia o en drama, el cine nos ha hecho tal como somos.
    Por cierto, en un mes yo también cumplo doce años de blog.
    Un beso.

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