miércoles, 28 de octubre de 2026

TIEMPOS VIEJUNOS

 

Ilustración tomada de Internet


Nada más concluir la reunión de la Comunidad de Propietarios salí disparado hacia mi casa. La reunión se había alargado más de la cuenta. Ya eran casi las nueve de la noche. Cené un plato de judías a la vinagreta con atún que me había sobrado del mediodía y, mientras me duchaba después de cenar, supe que había sido una muy mala idea llenar el buche con aquel mejunje. El dolor de estómago me estaba matando. Es lo que pasa cuando tragas demasiada quina, y no sueltas algún que otro exabrupto para rebajar la tensión y evitar que los ácidos se ceben con tu úlcera. Me tomé un vaso de agua con sal de frutas y me fui directo a la cama.

Ni siquiera abrí el libro que tenía sobre la mesilla de noche. Me sentía tan agotado que, nada más apagar la luz, los párpados bajaron el telón sobre mis ojos y caí en un sueño profundo.

Mi imaginación se disparó, y aquella noche retrocedí en el tiempo, a la época de las cavernas, miles de años atrás. De repente, me vi en una escena cotidiana acorde a aquellos tiempos. Se trataba de una cueva enorme, repleta de neandertales de ambos sexos conviviendo en comunidad. La cúpula de la tribu había convocado una reunión para tratar temas vitales. Junto al líder, sentados en cuclillas, le acompañaban su segundo, a la derecha, y el chamán de la tribu, a la izquierda. Al chamán era fácil rconocerlo, no ya sólo por la gran cabeza de oso de grandes fauces que llevaba puesta en el cráneo a modo de sombrero, con el resto de la piel del animal cubriéndole la espalda, sino por el suntuoso anillo de oro de 18 kilates adornado con un rubí en el centro que cubría el índice de su diestra, símbolo inequívoco de su pertenencia al clero.

—A ver, Urg —dijo el jefe Grok—, según tengo entendido deseas plantear una queja a este consejo de administración. Tienes la palabra.

Urg, hombre recio, tomó la palabra.

—Mi queja va dirigida a mi vecino, Erg. Más concretamente a su mujer. Según me cuenta mi prójima, la mujer de Erg no está barriendo su parte de las zonas comunes de la cueva. A mí personalmente lo que hagáis en vuestro loft me da exactamente igual, pero los accesos y zonas de tránsito comunes acordamos que debían ser limpiados y acondicionados por turnos, y tu mujer no está cumpliendo con lo pactado.

—¿Qué tienes que decir a eso, Erg? —dijo el jefe Grok.

—Ya que estamos poniendo las cartas sobre la mesa, me permito apuntar que, según se hace constar en la tabla de piedra expuesto a la entrada de la cueva comunitaria, tu familia no está al día en los pagos a la comunidad.

—¿Cómo que no? —respondió Urg, por alusiones.

—Hace setenta lunas se acordó fijar una cuota de un filete de rinoceronte lanudo al mes, y tú ya llevas tres filetes de retraso.

—Es que este mes la caza no se nos ha dado muy bien a los de mi grupo.

—Pues espabila, macho. Porque nosotros estamos haciendo un esfuerzo considerable. Hasta hemos tenido que ir a cazar más allá del valle. Y ahí están los resultados.

El jefe Grok tomó la palabra.

—A ver Urg, te impongo una multa de cuatro filetes de rinoceronte lanudo: tres para ponerte al día en tu cuota a la comunidad, y un filete extra en concepto de intereses por retraso en el pago. Y tú, Erg, debes pagarle a Urg dos filetes en concepto de indemnización por la dejadez de tu mujer a la hora de hacer frente a sus obligaciones comunales. ¿Estáis de acuerdo?

Ambos contendientes asintieron.

—El siguiente caso involucra a Org y Arg, vecinos del ala oeste de la cueva. ¿Cuál es tu queja, Arg?

—Que conste que yo no tengo nada en contra de Org. Al contrario. Somos colegas. Y hasta vamos a cazar juntos. Pero, dicho esto, no soporto los ronquidos de su suegra por las noches. No me dejan pegar ojo.

—¿Y crees que a mí me entusiasman? —se defendió Org—. Estoy hasta la frente de cromañón de aguantar a la tía petarda. Pero es la madre de mi mujer, y por más tirones de pelo que le propine a mi parienta, ella siempre se acaba poniendo del lado de su madre. No queráis saber lo mucho que he deseado que en una noche de tormenta el Dios del Rayo parta en dos a mi suegra.

—Cómo te entiendo, colega —agregó Arg—. Yo también estoy harto de mi suegro.

—Hablando de tu suegro. ¿No podrías decirle que deje de pavonearse por ahí semidesnudo, con esos calzoncillos de leopardo, intentando ligarse a las jovencitas de la tribu? Que no es un pibito, por el amor del Dios del Fuego. Que ya tiene treinta y dos años, coño.

—¿Y crees que a mí me hace gracia? Desde que se jubiló, a los veintisiete tacos, como marca la Ley, es como si estuviese viviendo una segunda juventud. Se pasa el día holgazaneando con sus colegas jubilados y fumando porros de hiedra secada al sol.

—Esa es otra. Hay que ver cómo apestan esos canutos, tío.

—Dice que le relajan, y que le hacen pasar de todo. Eso sí, cada vez que fuma le entra un hambre atroz, y el muy cabrito arrasa con las tiras de jamón ahumado que guardamos en la despensa.

—Y ya que estamos con los malos olores. ¿Qué me dices de sus pies? Apestan a queso francés. Tiene la cueva totalmente atufada con ese desagradable pestazo.

—A ver, Arg y Org —intervino el jefe de la tribu—. ¿Qué os reclamáis el uno al otro?

—¿Sabe qué, jefe? Org es mi colega, y entiendo por lo que está pasando con su suegra en casa. Así que no le reclamo nada.

—¿Y tú Org?

—Arg también es mi colega. Y me conformo con que le dé un toque de atención a su suegro. Yo haré lo propio con mi suegra. Por mi parte, no tengo nada que reclamar.

—De acuerdo —dijo el jefe Grok—. Siguiente orden del día. Uhm lleva meses reclamando la apertura de una salida de humos desde el techo de la cueva al exterior. Dice que cada vez que se enciende una fogata, bien sea para cocinar o para mantener calentita la cueva, todo esto se llena de humo, y que el aire se hace irrespirable. Ahora bien, si accedemos a su petición, la obra nos va a salir por un pico. Ya tengo sobre la mesa tres presupuestos y, aún aceptando el más barato, se hará necesaria una derrama.

—Por mí vale —dijo Urg.

—¿Cómo que vale? —intervino Ehm algo molesto—. ¡Pero si aún debes tres cuotas de la comunidad, más un filete extra con la que te acaba de sancionar el jefe como multa por tus retrasos! ¿Cómo puedes decir tan alegremente que aceptas la derrama si ni siquiera estás al tanto de las cuota de la comunidad?

—Una cosa es una cosa, y otra cosa es la otra. La apertura de una salida de humos es más que necesaria, si no queremos morir de asfixia.

—¡Pero si ya debes cuatro filetes de rinoceronte lanudo a la comunidad! —insistió Ehm—. ¿En serio quieres añadir una derrama a tu deuda?

—Pediré un crédito.

—¿Un crédito? ¿A quién?

—Al hechicero.

—¿El hechicero tiene género para prestar?

—Pues claro. ¿No ves que al ser un hombre religioso no paga impuestos?

—Esa es otra —intervino Ehm—. ¿Por qué los hombres religiosos no pagan impuestos, como todo quisque?

—Con la Iglesia hemos topado —ironizó Ahm.

—A ver, manos arriba a favor de la derrama para la acometida de obras de una salida de humos a través del techo al exterior de la cueva.

La comunidad hizo valer su voto. La moción quedó aprobada por mayoría absoluta.

—Siguiente punto del día —anunció el jefe Grok—. El viejo Gru, desde que tuvo aquel accidente con el mamut, ya sabéis, aquel que le destrozó la pierna, lleva meses solicitando una rampa de acceso a la cueva para cojos.

Hay que recordar que estamos en la Edad del Cobre, y que aún la cultura woke no había ejercido su enorme poder de condicionar la vida de los habitantes de la Tierra con su férrea imposición de lo “políticamente correcto”. Así que nadie en la tribu se sentía ofendido si alguien era señalado como “el cojo”, “el manco”, “el tuerto”, “el jorobado”, “el sarasa” o el “tonto de los cojones”, que era el apodo por el que era conocido el hijo de Ohm y su parienta, que eran hermanos.

—A ver —intervino Ohm—. Esta cuestión de Gru ya la hemos tratado en la anterior junta. No hay presupuesto en las arcas de la comunidad para acometer esa obra de una rampa para cojos.

—Ya se lo hemos dicho —dijo Ehm—. Pero él insiste. Dice que le cuesta un mundo salir de su cuevita, y otro mundo volver a subir la cuesta para acceder a su rinconcito, al fondo de la cueva.

—¿Y no le vale el bastón que le regalamos por su cumpleaños hecho con el fémur de una encebra ibérica?

—Se queja de que resbala cuando llueve.

—¿Y porqué quiere salir de casa cuando llueve? ¿A quién le apetece salir de casa cuando llueve, con lo a gustito que se está al abrigo del fuego, con una mantita de piel de oveja lanuda por encima y leyendo un libro de Bukowski?

—Argumenta en su defensa que por sus venas corre sangre inglesa, y ya sabéis lo que les gusta a los ingleses llevar la contraria al resto de las tribus.

—Malditos hijos de la pérfida Albión.

—¿Votos a favor de la petición? —dijo el jefe.

Nadie levantó la mano.

—Petición denegada —proclamó el jefe.

—Hijos de puta —se oyó rezongar a alguien desde el fondo de la cueva. Presumiblemente se trataba de Gru, quien, debido a su cojera, le había resultado imposible asistir a la reunión.

—Siguiente orden del día. El grupo de meapilas me ha hecho llegar sus quejas por las pinturas rupestres que cubren el ala norte de la cueva, ya sabéis, donde se muestran a esas hembras de grandes pechos y sin nada encima. A su modo de ver son ofensivamente obscenas, y denuncian que, desde que esas pinturas lucen en las paredes, el pervertido de Rum no para de masturbarse ante ellas.

—¿Y qué proponen? —intervino Uhm.

—Pintar encima unos bisontes o unos tíos con arcos y flechas cazando un ciervo o un mamut.

—Yo prefiero a las tías de grandes pechos desnudos. Estoy harto de los bisontes y los tíos con arcos y flechas cazando. Me recuerdan al curro. Y lo último que deseo al llegar a casa es acordarme del curro.

—Votemos —dijo el jefe.

Al final ganaron las tías en bolas por catorce votos a favor y siete en contra. Los meapilas amenazaron con abandonar la comunidad y crear su propia tribu Amish.

El jefe de la tribu, Grok, retomó el hilo de la reunión.

—Hay quejas de que a Meh, la hembra de Gru, le han desaparecido de su colada unas prendas de ropa interior hechas con piel de ardilla. Por favor, respetad la propiedad privada. No somos comunistas, coño.


Desperté sobre las cuatro de la madrugada bañado en un sudor frío. Mientras me preparaba en la cocina un segundo vaso de agua con sal de frutas, me juré a mí mismo no volver a comer nada pesado una vez pasadas las ocho de la noche. A mis cincuenta y seis tacos debería saber estas cosas.


Hasta el próximo miércoles.



No hay comentarios:

Publicar un comentario