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| Foto tomada de Internet. |
Vivo en un bloque de pisos que conforman una amplia comunidad de vecinos. Cada cierto tiempo se convoca una reunión de propietarios, a fin de aprobar presupuestos, renovar la junta directiva o acometer alguna obra o reforma.
En el porrón de años que llevo viviendo aquí me he gozado en esas reuniones toda suerte de fricciones, exabruptos, amenazas físicas y verbales y encontronazos varios entre propietarios. En ese sentido, mi comunidad no se diferencia lo más mínimo de otras comunidades de similares características, es decir, bloques de pisos con más de trescientas viviendas distribuidas en diferentes portales, con patio interior, azoteas, ascensores y garaje subterráneo, con propietarios de todas las edades, nivel económico, nivel social, nivel incultural y nivel de mala hostia.
Odio las reuniones de la comunidad de vecinos. Siempre ocurre lo mismo: uno va con la intencion de no tomarse las cosas demasiado a pecho, procurar ser lo más razonable posible y adoptar una posicion de equidistancia para evitar enemistarse con unos o con otros, y, al final, acabas con una úlcera de estómago del tamaño de una ficha de dominó de tanto tragar quina.
Y es que siempre hay un gilipollas o una gilipollas, o varios gilipollas si la cosa se pone calentita, que al final consigue sacarte de tus casillas. Y por más que intentas distanciarte de él o de ella, o de ellos, y no caer en su trampa, al final acabas con el cuello atrapado bajo el cepo, como un ratón atraído por el irresistible olor del queso.
—Somos los del tercero izquierda del portal 8, y hemos decidido, mediante un referéndum vinculante, salirnos de la comunidad y crear nuestra propia república independiente.
Vaya, otro gilipollas que se piensa que en la democracia todo vale. Y hasta tienen una alfombra nueva del Ikea proclamando “la república independiente de su casa”.
“Ssstupendo”, como diría el añorado Forges.
—Todos en casa hemos votado. Ha sido algo democrático —insiste el tolai—. Y ha ganado el SÍ por cuatro votos a uno. Así que, a partir de ahora, somos independientes de la comunidad de propietarios.
—A ver cómo te lo explico para que lo entiendas —intervino el presidente tomando la palabra—. Para que sea algo democrático, como tú bien apuntas, deberían contarse los votos de “todas las partes implicadas”, y no únicamente los de la parte interesada en la escisión. ¿Lo entiendes?
—No.
—Pues si no lo entiendes, o no lo quieres entender, que para el caso es lo mismo, te recomiendo que vayas a una biblioteca y busques algún libro que trate de en qué consiste una democracia. Viajar también ayuda.
Otro lumbreras, tocado por la varita mágica de la estulticia, pidió la palabra. El presidente se la concedió. Y entonces el fenómeno nos salió con la siguiente idea de bombero:
—Resulta que nosotros también hemos votado en casa. Una persona un voto. El escrutinio fue el siguiente: cuatro votos a favor y dos en contra. Los dos en contra fueron los de mi padre y mi hija mayor, que está muy unida a su abuelo. O sea, que quedó aprobado por mayoría absoluta.
—¿Qué quedó aprobado por mayoría absoluta? —quiso saber el presidente de la comunidad, temiéndose lo peor.
—En casa todos sabemos latín, así que hemos decidido reivindicar nuestro derecho a adoptar este idioma para comunicarnos entre nosotros y con nuestros vecinos. Y como bandera vamos a utilizar la faja de mi suegra. Tiene 500 años de historia, ¿sabes?
—¿Quién tiene 500 años, tu suegra o su faja? —dijo un vecino guasón.
—Las dos —proclamó el comunero idiota, inmune a la ironía.
Al presidente se le empezaba a notar en la cara que aquello le estaba superando. Y no sólo en la cara, pues de repente sus piernas comenzaron a patalear nerviosamente el suelo, como Dave Lombardo tocando el doble bombo en el Angel of death de Slayer.
—Nosotros queremos pagar las cuotas de la comunidad en bitcoins —sugirió otro propietario.
—¡Una patada en los huevos te voy a dar como nos pagues en esa moneda de mierda! —saltó su vecino de al lado. Según pude saber ambos llevaban en pleitos desde el 2015, cuando descubrió que la hija del primero se había pasado semanas robándole la ropa interior a la hija del segundo desde el tendedero que ambos pisos compartían a través del patio interior.
—Los del 1º B se niegan a pagar la misma cuota de mantenimiento del ascensor, ya que argumentan que ellos apenas lo utilizan.
—Por esa misma regla de tres deberían pagar más por el desgaste de las escaleras, ya que son los que más uso le dan —razonó un vecino del mismo portal.
Otro propietario exigió que se instalase una rampa de acceso para discapacitados justo al lado de las escaleras que comunicaban el garaje con los portales.
—Pero si tú no eres discapacitado —apuntó el presidente.
—Cierto. Pero tengo un patinete eléctrico. Y exijo mi derecho a acceder al portal de mi escalera sin apearme del patinete.
—Y yo exijo mi derecho a patearte los huevos por gandul —dijo su mujer, que era de armas tomar.
—¿Y qué hay de mi derecho a bajar en calzoncillos a tirar la basura a los contenedores instalados a la entrada del edificio? —propuso el del 4º H.
—Ah, pues si a ése le conceden el derecho a moverse en calzoncillos por las zonas comunes del edificio, yo reivindicaré mi derecho a practicar el nudismo —apuntó el del 5º H, un gordo sudoroso del que emanaba con carácter permanente un pestazo insoportable, como a bolsas de basura con restos de pescado de tres días, que delataba su más que dudosa higiene. Ninguno de los presentes pudo evitar poner cara de asco ante la perspectiva de ver a aquel cerdaco paseando sus desagradables lorzas desnudas y sudorosas por las zonas comunes del edificio.
—Y yo mi derecho a mear en los maceteros de los portales. Tengo problemas de próstata y, en ocasiones, no me da tiempo entre meada y meada de pillar un inodoro —apuntó el del 2º M.
—Y yo mi derecho a deslizarme por una liana desde el balcón de mi casa, en plan Tarzán —dijo el del 6º L.
—¿Es que te has vuelto loco? ¿Cómo piensas deslizarte por una liana desde el balcón de tu casa?
—¡Es que aquí no se respetan los derechos de las personas! —se quejó el imitador de Tarzán.
—¿Derecho a qué, a ser idiota? Si quieres ejercer tu idiotez puedes hacerlo perfectamente de puertas adentro de tu casa. Mientras no perjudiques a ningún vecino, más que a ti mismo, puedes hacer el gamba sin tasa dentro de los límites de tu vivienda.
—Yo exijo mi derecho a pasear por el edificio con mi cocodrilo Teófilo —dijo el rarito del 12º K, denunciado hace tres años por tener una pitón de cinco metros y medio a la que alimentaba con ratones muertos.
—Y yo mi derecho a tirarme pedos silenciosos en el ascensor —aportó el guarro del 8º L.
—Yo reivindico mi derecho a escuchar Death Metal a todo volumen a la hora de la siesta —proclamó orgullosa la gorda sexagenaria del 5º D, doña Gertrudis, quien vestía una camiseta XXXXL de Cannibal Corpse, mostraba orgullosa la mano cornuta y sacaba la lengua.
Sostenía el historiador y economista Carlo Maria Cipolla en su célebre libro Las leyes fundamentales de la estupidez humana, que “nunca discutas con un idiota, porque te rebajará a su nivel y allí te ganará por experiencia”.
El presidente de nuestro edificio, hombre culto y leído, conocía perfectamente el libro de Cipolla. Así que se quitó las gafas de leer de cerca, las metió en su estuche, luego se puso las gafas para ver de lejos, cerró el libro de actas y, poniendo cara de circunstancias, se lo entregó a su secretario diciéndole lo siguiente: “Renuncio”.
Yo, que presencié toda la movida cómodamente instalado en mi silla plegable, situada junto a una columna, y cuya ubicación me permitía pasar prácticamente desapercibido, me incorporé decidido a abandonar la reunión. Y mientras me dirigía a la zona de los ascensores, me descubrí repitiéndome mentalmente: “A la próxima reunión de propietarios va a ir Rita la Cantaora”.
Hasta el próximo miércoles.

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