miércoles, 17 de junio de 2020

(ALGUNOS) LIBROS QUE ME HAN MARCADO Parte 1

Algunos títulos al azar de mi colección


Hace unos días, a través de Facebook, mi buena amiga Séfora me planteó un reto literario. Dicho reto consistía en subir durante diez días seguidos otras tantas portadas de libros que me hubiesen causado impacto a lo largo de mi vida.
Como quiera que llegase tarde al reto —cosas de Facebook y su política de avisos por correo electrónico—, y habiendo considerado interesante el reto planteado por mi amiga, opté por fotografiar de mi colección personal las portadas de 15 libros de entre los muchos que, de un modo u otro, han marcado mi trayectoria como lector y autor de mis propias historias.
Su inclusión no indica necesariamente que hayan sido los que más me hayan gustado. A lo largo de mi vida he leído tantos libros que me han proporcionado horas y horas de infinito placer que, de agruparlos en una lista, casi sería tan larga como una comparecencia televisiva de Pedro Sánchez durante el periodo de confinamiento.
En cada uno de los libros escogidos he resuelto incluir un breve comentario o descripción del porqué de su importancia o trascendencia en mi vida. Confío en que os resulte ameno saber de mis influencias.

01 “EL SOMBRERO DE TRES PICOS” de Pedro Antonio De Alarcón
Con este libro empezó todo. Tenía dieciocho años, y desde hacía un año trabajaba como auxiliar administrativo en una oficina. En la misma calle había un estanco regentado por un entrañable viejecito al que todos los meses le compraba mis revistas favoritas.
Un día, por esos azares del destino, mis ojos se fijaron en un libro que el quiosquero tenía expuesto en una esquina de su local. He de apuntar que hasta ese día mi experiencia con la literatura había sido más bien residual. A excepción de una enorme enciclopedia azul que mi padre tenía en casa y que me leía con frecuencia de niño, en parte por los dibujos que contenía, y una pequeña biografía de Napoleón Bonaparte, mis lecturas se reducían a montones y montones de cómics de la época —Cimoc, El Víbora, Metal Hurlant— y cuanta revista musical de rock que cayese en mis manos —Heavy Rock, Popular 1, Metal Hammer, EGM, etc—, las cuales devoraba con auténtica gula lectora.
Aquel libro que llamó mi atención llevaba por título El sombrero de tres picos. Lleno de curiosidad, le pregunté al quiosquero por el precio.
—Cuatrocientas pesetas —dijo él. Entonces aún se pagaba en pesetas.
—Me lo llevo —dije yo. Pagué y me lo llevé.
Aquella misma noche, después de cenar, abrí el libro y comencé a leer. Creo que tardé dos noches en acabar de leérmelo. Disfruté tanto de aquel libro que consiguió despertar en mí una pasión hasta entonces desconocida: mis ansias de lectura.
Por cierto, el de la foto es el mismo ejemplar que compré hace treinta y dos años a aquel entrañable quiosquero. Lleva conmigo desde entonces. El libro, no el quiosquero, aclaro.
 

02 “CUENTOS SIN PLUMAS” de Woody Allen
En otro post que subí hace tiempo a este mismo blog conté mi especial relación con este libro. Nuestros caminos se encontraron en un momento bastante jodido de mi vida. Lo vi expuesto en una tienda de libros y discos que frecuentaba asiduamente desde mi adolescencia. Y aunque por entonces ya conocía y admiraba al Woody Allen actor y director de cine, desconocía su faceta como escritor. Así que cogí el libro, lo abrí y lo hojeé con curiosidad. Me bastaron un par de páginas para enamorarme al instante. Así que lo compré, lo leí, me sacó de mi bajona y, con los años, me animó a intentarlo con mis propias historias.
Mi escritura le debe mucho a ese libro.

03 “¡ADELANTE, JEEVES!” de P.G. Wodehouse
Corría el año 1994. Mi familia y yo habíamos planeado unas vacaciones a la isla de Fuerteventura. Nos lo pasamos genial aquel verano, tomando el sol en aquellas kilométricas y solitarias playas de arena blanca y agua color turquesa de Corralejos y El Cotillo, y haciendo el gamba con mis hermanos por las dunas de arena fina y rubia como la cebada.
De aquel mágico periodo conservo un montón de bonitos recuerdos, varias horas en vídeo y mi gusto por los libros de P.G. Wodehouse.
A Wodehouse lo descubrí de casualidad. Resulta que el primer día en la isla decidí entrar en una librería de Puerto del Rosario, dispuesto a pillarme un par de libros para leer durante el verano. Al preguntar a la joven librera por algo ligero y de corte divertido, ella no dudó en recomendarme unos libros que apenas hacía unos días le acababan de llegar al establecimiento. Se trataba de una colección de cuatro títulos de un autor inglés del que nada sabía entonces, publicados en formato bolsillo por la editorial Plaza & Janés.
Los cuatro títulos de la colección eran Dieciocho hoyos, Fiebre primaveral, Un par de solteros y ¡Adelante, Jeeves!
Recuerdo perfectamente que el primer libro que leí fue Un par de solteros. Me lo ventilé en dos tardes, alternando el sofá del apartamento y las hamacas junto a la piscina. Tan enfrascado estaba en la lectura que ni me molestaba el griterío circundante, que no era poco.
Lo cierto es que disfruté tanto de la prosa de aquel nuevo descubrimiento que, al acabar el primer libro, no dudé en seguir con los otros. Y entonces lo conocí a él, a Jeeves, posiblemente el mayordomo más memorable e ingenioso de la literatura inglesa, y a su patrón, el metepatas y pusilánime de Bertie Wooster.
Al volver de Fuerteventura me fui a una de mis librerías de confianza y pedí por catálogo todos los títulos disponibles de la colección de la editorial Anagrama dedicada a P.G. Wodehouse, y que entonces sumaban 18 títulos. Aún forman parte de mi colección.
De vez en cuando releo alguno al azar, y, a día de hoy, me siguen pareciendo la mar de divertidos. Mis favoritos son todos aquellos en los que sale Lord Emsworth (el aristócrata bonachón y despistado obsesionado por la cría de cerdos) y el bueno de Jeeves, por supuesto.

04 “EL CONDE DE MONTESCRISTO” de Alejandro Dumas
Entre los años 80 y 90 estuve afiliado a la revista Discoplay, hasta su triste desaparición a finales de la década de los noventa. En aquella revista se vendía de todo: discos, libros, cómics, camisetas y sudaderas de grupos de rock y heavy metal, pósters, películas; en fin, de todo.
La revista me llegaba a casa todos los meses —el famoso BID (Boletín Informativo Discoplay)—, junto con un formulario para hacer mi pedido por correo. Gracias a aquel boletín me hice con buena parte de mi colección de discos de Frank Zappa, un montón de discos de rock y heavy y otro montón de libros. Entre los muchos libros que compré a través de ellos, cuento con una pequeña colección de cinco clásicos de la literatura en tapa dura con los caracteres dorados en portada. Uno de esos títulos es El conde de Montecristo.
¡Qué bien me lo pasé leyendo las aventuras de Edmundo Dantés y su largo y tortuoso camino hacia la venganza!
A pesar de que mi edición es un tocho de setecientas y pico páginas —y encima con unos caracteres minúsculos que para los que somos miopes son toda una prueba de fuego—, le tengo mucho cariño a ese libro, pues durante el tiempo que me enfrasqué en su lectura me tuvo con el alma en vilo.

05 “DANDO LA NOTA” de José Luis Campuzano “Sherpa” y Carolina Cortés.
Cuando vi aquel libro anunciado en las páginas del BID y leí su descripción, no lo dudé ni un segundo: quería tenerlo.
Aquel libro, escrito a cuatro manos entre el bajista y cantante de la formación de heavy nacional Barón Rojo y su mujer y ocasional letrista del grupo Carolina Cortés, reunía todos los elementos para tenerme enganchado a su lectura: por fin un músico al que seguía y admiraba contaba en primera persona hechos y sucesos relacionados con su carrera de músico. Y además lo hacía con humor. Humor y música rock en el mismo libro. Cóctel irresistible, al menos para mí.
Campuzano comienza narrando su infancia en la periferia de un barrio humilde en el Madrid de los cincuenta. Con una prosa ingeniosa y la mar de divertida, cuenta cómo le apodaban “Molina” de pequeño, pues a la tierna edad de cuatro añitos se sabía de memoria el repertorio de Antonio Molina, Juanito Valderrama, Manolo el Malagueño y Marchena, y para demostrarlo no dudaba en subirse a un taburete y cantar a pleno pulmón las canciones de los citados, ganándose con ello la admiración del respetable, además de unas perrillas que le venían de lujo a la paupérrima economía familiar.
Salpicado de anécdotas y sucesos, y dotado de una prosa cuidada y bien estructurada, Campuzano nos lleva de la mano por su vida, desde su infancia en el barrio hasta la ascensión y el éxito de masas con el grupo Barón Rojo, del que formó parte hasta que, fruto del desgaste y su mala relación con los hermanos De Castro, decidió abandonar a principios de la década de los 90.
Creo que este libro lo habré leído como unas diez veces desde que lo compré, y siempre, siempre, siempre, consigue arrancarme algunas risas. No en vano, Campuzano hace gala de un sentido del humor punzante y, por momentos, hilarante.
Impagable la anécdota en Ostende (Bélgica) con el inefable Mariscal Romero, sus rizos a lo Gadaffi y su particular “romance” con una pequeña jarrita de porcelana: «Nada, esta jarrita que se me ha metido en el dedo y ahora, me cuesta trabajo... quitármela... ».
Casi consigues escuchar a Sherpa contándote al oído esas anécdotas con su propia voz.

La próxima semana abordaré la segunda tanda de cinco libros que, de un modo u otro, más me han marcado.



jueves, 11 de junio de 2020

MI BLOG CONFINADO


—¡Eooo! ¿Hay alguien?
...
—¿Hola? ¿Pedro? ¿Dónde estás, Pedrito?
Hola, Blog. ¿Qué pasa?
—Eso digo yo. ¿Dónde has estado metido, alma de Dios?
En casa. Como todo el mundo. Bueno, como “casi” todo el mundo. Porque los irresponsables, como siempre, siguieron campando a sus anchas como si la cosa no fuera con ellos.
—¿De qué hablas, tío?
Del confinamiento.
—¿De qué confinamiento hablas? ¿Es que los nazis han vuelto a hacer de las suyas? ¡Malditos cabrones!
¿No te has enterado? La humanidad entera se ha visto al borde del colapso por culpa de un virus mortal denominado Covid19.
—¿Covid19? Uhm, vaya. Tiene nombre de mascota de juegos olímpicos.
¿En serio no sabías nada del coronavirus?
—¡Claro que sí, membrillo! Te estaba tomando el pelo. Nosotros los blogs lo sabemos todo. O casi todo. ¿No ves que estamos permanentemente conectados a la red de redes? Tenemos acceso ilimitado a cualquier dato o información que circule por Internet. Imagínate estar permanentemente conectado a una especie de Biblioteca de Alejandría del siglo XXI. Lo sabemos todo. O mejor dicho, podemos saberlo con sólo conectarnos al conducto adecuado.
Sí, ya...
—Veo que no me crees. Está bien. Te lo demostraré. Pregunta lo que quieras. Lo que sea. Vamos. Pregunta.
Está bien. Háblame de la Teoría de la Relatividad.
—¿Versión larga o versión corta? Te advierto que la versión larga tiene como cuarenta y seis folios de extensión.
Versión corta.
—La teoría de la relatividad especial o relatividad restringida fue formulada en 1905 por Albert Einstein. Trata de describir la física del movimiento en el marco de un espacio-tiempo plano. Esta teoría describe correctamente el movimiento de los cuerpos incluso a grandes velocidades y sus interacciones electromagnéticas. ¿Te vale o quieres que profundice más en el tema?
¿Cuál ha sido el terremoto más grande jamás registrado a lo largo de la historia?
—El megaterremoto de Valdivia, ocurrido en 1960, también conocido como el Gran terremoto de Chile, está considerado como el terremoto de mayor magnitud jamás registrado en la historia del planeta. Tuvo una magnitud de 9,5 Mw. Duró ocho minutos y fue seguido por un tsunami. Valdivia se hundió cuatro metros bajo el nivel del mar y provocó la erupción del volcán Puyehue.
¿Cuántos libros llegó a publicar Georges Simenón?
—Ciento noventa y dos novelas con su nombre, y alrededor de una treintena más bajo diferentes seudónimos. ¿Qué? ¿Estoy aprobado, profe?
No te pases de listo.
—¿Y bien? ¿Qué has estado haciendo en estos meses de confinamiento?
Leer, ver series y pelis, escuchar música... y comer.
—¿Y qué hay de tus proyectos? ¿Has acabado alguno?
Para serte sincero, las primeras semanas sufrí una especie de sequía. Era como si mis ganas de escribir se hubiesen esfumado. No me salía sentarme a escribir.
—¿Probaste a escribir de pie?
Déjate de chistecitos. La situación que vivió la humanidad entera durante los primeros días de alarma fueron complejos en el plano emocional y psicológico. Nunca antes habíamos vivido algo así. Habíamos visto películas y leído libros que abordaban el tema de manera directa o tangencial. Pero una cosa es la ficción y otra muy distinta la realidad.
—Huy, pobrecito. El nene pasó miedo, ¿no es eso?
Serás capullo.
—Pues sí. Lo soy.
¿Y tú? ¿Qué has hecho en este tiempo?
—Lo creas o no, en este tiempo no he parado de currar.
¿Currar? ¿Tú?
—Pues sí. Listo. He estado currando. ¿Se te ha ocurrido mirar las estadísticas del blog en los últimos meses?
Pues no. Hace tiempo que no miro eso. Para no deprimirme.
—Pues deberías. Así sabrías que en los tres meses de confinamiento hemos recibido casi 3.500 visitas.
Me tomas el pelo.
—Míralo tú mismo.
Espera... ¡Vaya! ¡Es cierto! No mentías.
—¿Y has visto de dónde proceden la mayoría?
De Estados Unidos. Vaya, qué raro. Que yo sepa, allí no me conoce ni el Tato. Bueno, aquí tampoco me conoce ni el Tato. Por cierto, ¿sabes si el Tato ese conoce a alguien?
—Ni idea.
Pues qué raro. Supuse que con tu “conocimiento ilimitado” sabrías algo así. Hasta hace un minuto dabas la impresión de ser una enciclopedia andante.
—Te recuerdo que no tengo piernas.
No seas quisquilloso. Sabes perfectamente a qué me refería.
—A ver, membrillo. Intentaré explicártelo de una manera simple, para que no te me pierdas por el camino. Es cierto que en Internet hay toneladas de conocimiento, pero eso no significa que tenga la respuesta a todas las preguntas. Te pondré un ejemplo: si de casualidad le preguntas por el número de habitantes actualizado del Principado de Mónaco, su respuesta será de 38.682 habitantes. Bueno, 38.681, ya que me acaban de informar que han encontrado el cuerpo sin vida de Edgar Grosky.
¿Quién es Edgar Grosky?
—Un industrial de origen húngaro que anoche ganó una fortuna en el casino y luego se llevó a dos pilinguis a su habitación del hotel, pidió ostras y champán del caro, se tomó una pastillita de viagra y pasó a mejor vida... por unas horas. Esta mañana encontraron el cuerpo sin vida del señor Grosky en su cama, con una erección de caballo y una sonrisa de oreja a oreja. Según el forense murió de un infarto, y más feliz que una perdiz.
¿Y todo eso está en Internet?
—Te asombraría saber la de cosas que puedes encontrar en Internet.
Realmente no me explico cómo es que, con tanto conocimiento a golpe de click, cada día somos más tontos.
—Que algo esté permanentemente disponible no quiere decir que todo el mundo esté interesado en acceder a ello. Por esa lógica todos los bibliotecarios del mundo deberían ser la gente más culta del mundo, rodeados de libros con todo ese caudal de conocimiento permanentemente a su alcance. Y no es así.
Tienes razón.
—¡Pues claro que la tengo! Soy un blog listo, joder.
Y bastante engreído.
—En fin, a lo que iba, que me extravío. Así que tenemos un montón de datos a los que podemos acceder de forma instantánea con sólo darle a la tecla. Pero, por otro lado, si quisiéramos saber, por ejemplo, cómo escribir un libro que guste a todo el mundo, a crítica y público, que arrase en ventas en el mercado editorial actual y que haga que su autor pueda vivir sin preocupaciones económicas el resto de su vida, la respuesta será: ni puta idea, macho.
Pues vaya mierda. Precisamente yo iba a preguntar eso.
—Lo sé. Por eso te lo he puesto como ejemplo. Te conozco como si te hubiese parido, chaval.
¿Y si pregunto qué debo hacer con un blog contestón, en ocasiones desagradable, antipático, un tanto soberbio, demasiado pagado de sí mismo, un capullo insufrible y que se las da de listo, cuál crees que sería la respuesta que obtendría?
—Vale. Lo pillo. Le pido humildemente disculpas, oh, mi creador.
No sé yo...
—Por favor, oh, mi creador, si acepta mis disculpas le prometo que a partir de ahora todo va a ir sobre ruedas.
¿Y cómo sé que hablas en serio?
—Pues porque acabo de dar la entrada para pillar un patinete eléctrico.
¡¡Yo no quiero un puñetero patinete eléctrico!!
—Es broma, tío. ¡Por el amor de Steve Jobs!, ¿es que el confinamiento ha acabado con tu sentido del humor o qué?
Serás capullo.
—Sí. Lo soy. Pero un capullo muy listo. Oh, vaya, parece que el censo del Principado de Mónaco volverá pronto a los 38.682 habitantes.
¿Y eso?
—Resulta que una de las pilinguis se ha quedado embarazada del industrial húngaro.



miércoles, 3 de junio de 2020

NOTAS DESDE EL CONFINAMIENTO 5


¿Habéis sufrido alguna vez un ataque de gota? Por desgracia, yo sí. El último, hace apenas dos semanas.
La gota se caracteriza por ataques repentinos e intensos de dolor, hinchazón, enrojecimiento y sensibilidad en las articulaciones. En mi caso, los ataques se concentran en la base del dedo gordo del pie.
Imaginad que tenéis una docena de minúsculas cuchillas de afeitar bajo la piel y que, con cualquier movimiento o roce, esas cuchillas os van cortando la carne y los nervios. Y cuando digo roce me refiero a algo tan nimio como el leve contacto con una sábana.
Por supuesto, ya puedes ir olvidándote de poder apoyar el pie en el suelo, lo que convierte el hecho de incorporarte en una auténtica pesadilla. En mi caso para poder desplazarme hasta el cuarto de baño me veía obligado a caminar a la pata coja, apoyando todo el peso del cuerpo en la pierna sana, mientras mantenía la otra alzada en el aire. Parecía una burda imitación de Ian Anderson de los Jethro Tull en su famosa pose de la grulla. Eso sí, un Ian Anderson artrítico y hecho una mierda.
Fueron unos días horribles, con un dolor agudo y constante, durmiendo a ratos, despertando en mitad de la madrugada y soportando el dolor ante la imposibilidad de volver a conciliar el sueño, hasta que el agotamiento conseguía imponerse al dolor y volvía a dormirme.
Cuando uno pasa por situaciones tan dolorosas como ésta se suele decir eso tan manido de: «No se lo deseo ni a mi peor enemigo». Yo debo ser una mala persona, pues mientras sufría lo indecible, postrado en la cama y sin ganas de casi nada, no hacía sino ir añadiendo nombres a mi lista imaginaria de «gente a la que le deseo un maldito ataque de gota tan doloroso o más que el mío».
Encabezando esa lista irían todos los capullos y capullas con los que me he ido cruzando a lo largo de mi vida, tanto en mi vida personal como en la profesional. No es que hayan sido mayoría —tengo la enorme fortuna de que por mi vida hayan pasado más buena gente que capullos y capullas—, pero, echando la vista atrás, mi colección de indeseables no es nada desdeñable. Y es que nadie está exento de tratar con capullos y capullas. Son muchos y están por todas partes, así que, por una mera cuestión de estadística, tarde o temprano acabarán cruzándose en tu camino. Que levante la mano quien no se haya cruzado alguna vez con algún o alguna gilipollas. ¿Nadie? Me lo temía. ¿Veis cómo tenía razón?
Los siguientes en mi lista serían todos los políticos que conozco; incluso los que no conozco pero que, sin dudarlo un segundo, considero tan corruptos e impresentables como los anteriores. No salvo a ninguno, sean del color que sean: rojos, azules, morados, naranjas, fucsia, verde fosforito, rosa chillón. Para mí, todos son del mismo color: verde billete. Sólo hay que echar un vistazo a la actitud miserable y egoísta que han tenido absolutamente todos durante esta etapa de crisis mundial: unos dando bandazos como pollos sin cabeza y los otros echando en cara al gobierno lo que ellos contribuyeron a crear. Tacharlos de miserables sería quedarse corto. Como decimos irónicamente en mi tierra: «¡Guárdame una cría de todos ellos!».
Tras los políticos metería en mi lista, uno a uno, a todo el reparto de Sálvame, o, como yo los llamo, la «pandilla basura». Y es que no salvo a ninguno. Menuda panda de impresentables.
A éstos les seguirían todos esos presentadores y pseudoperiodistas de chichinabo que salen en la tele a diario y que hablan y hablan sin parar sin tener puñetera idea de lo que dicen. Todos sabemos quienes son, los vemos cada día, en distintos horarios y en distintas cadenas generalistas y autonómicas, ya sean de uno u otro signo político. Esta gente, de un ego descomunal, se atreven en su ignorancia a llevar a invitados a sus programas o hacer conexiones en directo con gente que sí que sabe de lo que hablan y a los que no dudan en interrumpir constantemente con apreciaciones u opiniones de lo más burdas y ridículas, del tipo: «Como usted ha dicho, y comparto absolutamente, y voy a repetir porque la audiencia es mema y no se entera de nada y por eso necesita que yo les explique lo mismo que usted acaba de decir, exactamente con las mismas palabras que usted ha dicho, sólo que si lo digo yo tendrá más peso que si lo dice usted, que es un mindundi que no conoce ni Dios, mientras que yo soy la pera limonera y, además, apuntando lo mismo que usted acaba de decir quedaré ante mi audiencia como alguien que sabe un huevo, aunque no sepa responder a la simple pregunta de porqué nos hemos tomado el trabajo de contactar con usted y entrevistarlo si yo ya sabía lo mismo; pero, como ya he dicho, la audiencia es mema, y seguro que ni se lo plantean, y gracias a que son memos tenemos montado este chiringuito, al igual que los políticos, mira tú por donde, porque, si lo piensas —aunque eso de pensar como que no se lleva mucho últimamente— esos mamones se lo han montado tan bien a lo largo de la historia que da igual el nivel de participación ciudadana en el voto electoral, que a cada año va bajando más y más, pues ellos siempre van a tener curro, ya sea duplicando y hasta triplicando administraciones y sacándose impuestos de debajo de la manga como montando chiringuitos tipo Senado, que nadie tiene ni puta idea de para qué coño sirve más allá de mandar allí a los políticos viejunos, incómodos o que ya no dan para más a que se lleven un buen pellizco haciendo lo que mejor saben hacer, es decir, nada, y encima, como los politicastros son tan listos y tienen claro cuáles son sus verdaderas prioridades, con cotizar una mísera legislatura tienen garantizada una pensión de la hostia, además de otros privilegios que van con el cargo, y con cuatro años se aseguran algo que al ciudadano medio le llevaría 35 putos años de cotización mínimo. Y eso por no hablar de las famosas "puertas giratorias". ¿Veis?, para que luego digan que los políticos son unos inútiles y unos incompetentes. Puede que lo sean, pero no para lo que les conviene. En eso todos son putos Einsteins en potencia; eso sí, Einsteins perversos. Pura maldad bajo una impecable fachada de respetabilidad».
En fin, cada día que pasaba veía como mi lista imaginaria de gente a la que deseaba un maldito ataque de gota tan doloroso como el mío, o más, iba creciendo más y más, hasta que me curé, y entonces me di cuenta de que este mundo no tiene remedio, y que por más que patalees y te indignes nada va a cambiar. Así que me tomé mi pastilla, acompañada de un té verde con limón, me pillé un libro de mi biblioteca personal y me zambullí en el océano seguro de sus páginas.